lunes, 3 de octubre de 2011

CAVILACIONES


Álvaro

Desde el velero, la ve apoyada en el alféizar de la ventana, encarada a la bahía y abierta de par en par. Si la calima y el día nublado no le engañan los ojos, aseguraría que lo está mirando. Como ha venido haciendo estos últimos días se encuentra en la ventana, siempre, a la misma hora: c
uando las barcas vuelven de la pesca, en el límite del mediodía.
Nunca ha hablado con ella. La encuentra a menudo por las calles del pueblo cuando se cruzan, pero sólo tiene ánimo para esbozar una sonrisa si lo pilla observándola. La piel curtida por el sol y el salitre, disimula su sonrojo. Porque él, aunque no lo parezca, es tímido, pícaro y solitario.

De Elena, solo sabe su nombre y los  cotilleos que su madre y sus amigas hablan de ella. Es una chica culta, leída y capaz de tocar cualquier partitura al piano de compositores extranjeros que no sabría deletrear pero que, de tanto escucharlos en los elogios hacia ella, sabe como suenan.
El día ha sido duro, aunque la escasa pesca no traduzca tal dureza. Las redes le han dañado, una vez más, las manos y sólo piensa en llegar a casa y dejarse caer sobre cama. Un efímero descanso que no le devolverá las fuerzas por completo... Sin embargo, la visión de la chica le reconforta y, sacando el valor de entre el agotamiento, alza el brazo derecho para saludarla pero su gesto no obtiene respuesta. Es más, repentinamente, ella desaparece.

Elena

El sol, detrás de las nubes, calienta poco y la brisa es fresca.  Elena, asomada a la ventana, soporta estoicamente la postura. Observa la bahía y huele el siroco que sopla con suavidad, lleno de aromas de mar y de pescado acabado de pescar. Cuando la lonja inicia su trasiego, le gusta ir a comprar pescado porque, aunque este sea un trabajo para su cocinera, le agrada mezclarse entre el bullicio. Ya habrá tiempo para dedicarlo a Chopin y sus nocturnos o a Listz y sus transcripciones para las sinfonías de Beethoven, que tanto gustan a su hermano.
Deja la mirada abstraída en un punto indefinido, sin fijarse en nada, y por delante desfilan las velas blancas de los veleros que vuelven de la pesca. De pronto, un brazo se levanta desde uno de los veleros. Reconoce al joven pescador de haberlo visto por las calles del pueblo. No sabe su nombre, sólo sabe que la devora con la mirada al cruzársele por la calle. Pensativa, se queda inmóvil. ¿Y si no la saluda a ella? Inesperadamente, su hermano la despierta de sus cavilaciones.

Salvador

De espaldas a Elena, sigue retocando el lienzo. Sentado en la silla, que cruje cada vez que quiere alejarse de la pintura para encontrar mejor perspectiva, no hay nada que estorbe su paciente ejercicio. Ha querido pintarla así porque el ángulo de visión no afecte la óptica y consiga un efecto más real.
El día es desapacible, como los días anteriores, y la luz es difícil de captar. Prefiere el sol, la cal de las casas cuando el mediodía se alza con todo el esplendor y multiplica la luz. Pero también es consciente de que, de haber elegido el día claro, Elena no luciría tanto por el menor contraste luminiscente. Y eso es lo que también persigue: elogiar el cuerpo de su hermana y demostrarle su amor sin que ella se dé cuenta.
Observa una vez más la pintura y, con los garabatos de la firma y la fecha, la da por finalizada. Rompe el silencio con su voz y la llama:
- Elena, ya puedes mirar. Ven, verás tu retrato terminado -la voz es dulce, con matices ambiguos. 
Sin embargo, no se ahorra de añadir con un tono socarrón:- Y deja de flirtear con los pescadores, mujer...

No hay comentarios: