A OSCURAS
Al entrar en el apartamento y encender las luces, Emma se quedó a oscuras. El periquito, que le canta siempre la bienvenida, ha callado de repente. Contrariada, saca el mechero para comprobar, iluminada por la llama, los interruptores automáticos que hay junto a la puerta. Parece que están bien. Rauda, apaga el mechero por que se está quemando. Tanteando con las manos por delante, atraviesa el recibidor, entra en la sala y se acerca a la ventana. Debe ser una avería general, porque las farolas de la calle tampoco funcionan. Ni los semáforos. De algunos balcones y ventanas del otro lado se cuelan algunas luces mortecinas e indecisas. En los comercios, se han encendido las luces de emergencia que, a pesar de su palidez, también extienden un poco de luz sobre las aceras. La gente camina con unas prisas que no son habituales a esta hora de la tarde. Los faros de los coches, motos y autobuses proyectan rayos de luz fría que se persiguen, se cruzan, vienen y huyen, dibujando una escena fantasmagórica, como la de aquellas películas futuristas post catástrofe mundial. La vista se le va acostumbrando a la oscuridad, que no es tan absoluta como parecía hace unos minutos. Enciende la vela roja del candelabro que decora el centro de la mesa –justo lo compró el jueves, por impulso, en la parada de un anticuario ante la catedral-, corre las cortinas y se sienta en el sofá, vestida tal cual ha llegado de la calle.
Respira hondo, dejando caer los hombros cuando exhala. La primera sensación es la de no tener nada que hacer. No le desagrada, aunque no podrá arrancar el ordenador para mirar el correo. Ni hacer un rato de zapping en la tele, ni entretenerse una horita en el msn chateando con algún desconocido conocido. El móvil indica que no tiene cobertura. Tampoco hay que plantearse en calentar la cena porque el microondas no funcionará, y la nevera mejor no abrirla para no dañar lo que hay dentro. Se deberá conformar con la manzana que, por suerte, se dejó sobre el mármol de la cocina.
Intuye que el apagón general será largo. Podría buscar una radio de pilas para escuchar si hablan de lo que pasa. Pero le invade la sensación de que esta situación puede llegar a tener un cierto encanto y decide vivirla sin interferencias. ¡El teléfono Fijo!... el teléfono fijo suele tener línea aunque no haya corriente en la casa. Lo comprueba y es cierto, cuando descuelga y acerca el auricular al oído puede escuchar el tono continuo que invita a marcar. Pero cuelga. Con dos dedos de la mano derecha sigue el hilo hasta llegar al enchufe de la pared, pulsa la lengüeta y tira. Ahora sí, nada la puede estorbar hasta que se restablezcan los beneficios del progreso. Se quita la camisa azul y la cuelga en el armario. Es curioso como, con tan poca luz, los actos más habituales se pueden realizar con toda naturalidad. Le dan ganas de encender velas, todas las que encuentra, y repartirlas por todo el apartamento. Piensa que estaría bien leer a la luz de las velas, o escribir a mano, pero ahora, le apetece mucho más ducharse, como cada día cuando llega. Entra en el baño, abre el grifo de la izquierda de la bañera y pone la mano bajo el chorro de agua. Al cabo de quince segundos el agua sale caliente. Ella no soporta ducharse con agua fría ni en pleno verano.Mientras se prepara, percibe como el tiempo va adquiriendo un ritmo diferente, más lento, más suave, más exclusivamente suyo. Y decide que se bañará en vez de ducharse como siempre. Abre el agua fría hasta conseguir un equilibrio satisfactorio, mueve velas de lugar y dispone varias alrededor de la bañera. Se desnuda lentamente, al nuevo ritmo del tiempo, mirándose al espejo con curiosidad por aquella imagen espectral que se refleja con la luz movediza de las velas. Se recoge el pelo que no se debería mojar por si no vuelve la corriente eléctrica. Dobla una toalla de color malva que pone al borde de la bañera para que le haga de almohada, entra al agua, se sienta y adapta el cuerpo a la forma del recipiente. El agua caliente la reconforta. Queda hipnotizada un buen rato mirando, a ras de agua, como se reflejan las llamas. Sus manos recorren suavemente su piel mojada y al momento reconoce que se masturbará. La mano izquierda se queda presionando suavemente el pecho derecho, casi inmóvil, y la mano derecha recorre su sexo por caminos ya aprendidos. Nota su clítoris tenso, sensible y, de vez en cuando, se introduce un dedo. O dos. Al mismo tiempo, piensa como le gusta lo que hace su amante durante sus encuentros furtivos. Nunca parece tener prisas. Cuando, finalmente, la penetra, lo hace a fondo y se queda quieto un buen rato, como para tomar conciencia de cada milímetro cuadrado de lo que le envuelve. En ese instante, se puede percibir como allí concurren los latidos de los dos corazones. Luego, inicia un movimiento de marcha atrás, lento, muy lento. Cuando parece que vaya a salir del todo, invierte el sentido y vuelve a penetrar, manteniendo la misma lentitud. Mientras tanto, no deja de mirarla a los ojos y, cuando ella le dice que aquello es una tortura, él sonríe y le da besos. Le besa la frente, el cuello, los ojos, los pómulos, los labios, las mejillas, las sienes...
Al sentir el orgasmo, Emma grita, como siempre. Pero hoy, eso la sobresalta y la turba por que, sin ruidos de fondo, es posible que algún vecino la haya podido escuchar. El agua ya empieza a enfriarse. Abre el grifo para comprobar si todavía sale agua caliente. Sí, todavía. Saca el tapón para que la bañera se vaya vaciando y, en pie, se enjabona el cuerpo con gel de avena y luego se enjuaga con la ducha. Se seca con una toalla grande y se pone el albornoz blanco que se llevó del hotel Conrad de Estambul el pasado verano.
Mientras se vuelve a soltar el pelo, se acerca a la ventana y separa un poco las cortinas. Todo es mucho más oscuro que antes. Una furgoneta de la policía patrulla despacio. De vez en cuando, pasa algún coche rápido que ilumina por un instante las aceras vacías. Escucha, lejana, una sirena. Relajada por el reconfortante baño, decide acostarse y renuncia al rato de lectura a la luz de las velas. Apaga todas las velas menos una de azul frente al espejo del tocador. Se tumba desnuda sobre la cama y se tapa justo los pies con una sábana fina de algodón. Se gira de lado, afloja las piernas, pasa un brazo por debajo de la almohada y se pone la otra mano entre los muslos. Durante un instante, tiene la tentación de volver a tocarse, pero sonríe maliciosa mientras la idea se le va de la cabeza. Ahora, en medio de aquella serenidad, puede escuchar un ruido que no recordaba: escucha el silencio. Incluso se concentra intentando captar algún sonido que lo rompa. Cierra los ojos mientras reflexiona que, de vez en cuando, debería pensar en autodesconectarse de la compañía eléctrica. Reconoce que no lo hará, vuelve a sonreír y se duerme.
Emma se ha despertado a las siete y media, como cada día. Antes de terminar de abrir los ojos sabe que hay corriente eléctrica porque escucha sonidos que había olvidado que existían de tanto oírlos, como el leve rumor del motor de la nevera o el aparato de aire acondicionado que se ha puesto en marcha de forma automática. Cuando se levanta, ve como la vela que dejó encendida se ha convertido en una mancha azul sobre el plato blanco. La luz del nuevo día entra filtrada por la cortina. Y como si nada hubiera pasado, comienza su ritual cotidiano, con toda normalidad.
Al sentir el orgasmo, Emma grita, como siempre. Pero hoy, eso la sobresalta y la turba por que, sin ruidos de fondo, es posible que algún vecino la haya podido escuchar. El agua ya empieza a enfriarse. Abre el grifo para comprobar si todavía sale agua caliente. Sí, todavía. Saca el tapón para que la bañera se vaya vaciando y, en pie, se enjabona el cuerpo con gel de avena y luego se enjuaga con la ducha. Se seca con una toalla grande y se pone el albornoz blanco que se llevó del hotel Conrad de Estambul el pasado verano.
Mientras se vuelve a soltar el pelo, se acerca a la ventana y separa un poco las cortinas. Todo es mucho más oscuro que antes. Una furgoneta de la policía patrulla despacio. De vez en cuando, pasa algún coche rápido que ilumina por un instante las aceras vacías. Escucha, lejana, una sirena. Relajada por el reconfortante baño, decide acostarse y renuncia al rato de lectura a la luz de las velas. Apaga todas las velas menos una de azul frente al espejo del tocador. Se tumba desnuda sobre la cama y se tapa justo los pies con una sábana fina de algodón. Se gira de lado, afloja las piernas, pasa un brazo por debajo de la almohada y se pone la otra mano entre los muslos. Durante un instante, tiene la tentación de volver a tocarse, pero sonríe maliciosa mientras la idea se le va de la cabeza. Ahora, en medio de aquella serenidad, puede escuchar un ruido que no recordaba: escucha el silencio. Incluso se concentra intentando captar algún sonido que lo rompa. Cierra los ojos mientras reflexiona que, de vez en cuando, debería pensar en autodesconectarse de la compañía eléctrica. Reconoce que no lo hará, vuelve a sonreír y se duerme.
Emma se ha despertado a las siete y media, como cada día. Antes de terminar de abrir los ojos sabe que hay corriente eléctrica porque escucha sonidos que había olvidado que existían de tanto oírlos, como el leve rumor del motor de la nevera o el aparato de aire acondicionado que se ha puesto en marcha de forma automática. Cuando se levanta, ve como la vela que dejó encendida se ha convertido en una mancha azul sobre el plato blanco. La luz del nuevo día entra filtrada por la cortina. Y como si nada hubiera pasado, comienza su ritual cotidiano, con toda normalidad.
NO ERAN NECESARIAS LAS PALABRAS
La hija de la casa donde se habían encontrado las dos familias para pasar la tarde del domingo, se añadió a la conversación. La chica se sentó, justo delante de él, en un sillón de mimbre, en cuclillas, descalza, con las rodillas juntas y los pies separados. En esta posición, la falda vaquera que llevaba puesta dejaba ver las blancas bragas de fina tela que cubrían su bien formada entrepierna, génesis de aquellas largas, esbeltas y bien proporcionadas piernas. Tenía el cuerpo ligeramente inclinado hacia delante y apoyaba el mentón en sus rodillas, que abarcaba con una informal naturalidad. Era una nimiedad, sin duda, pero se sorprendió de la atracción que ahora ejercía en él la visión de aquella recóndita parte del cuerpo, una sensación que nunca antes había experimentado, como si, hasta hoy, ni hubiera existido. No se resistía a mirar, pero lo hacía de reojo, discretamente. No se atrevía fijar la vista abiertamente, temiendo que alguien se diera cuenta de la desazón "in crescendo" que le invadía, y que le notaran como se hacían cada vez más visibles, los volumétricos síntomas de entusiasmo. Se sintió muy incómodo durante todo el tiempo que ella estuvo presente y cuando la chica se levantó y se despidió, la situación se alivió pero durante toda la tarde mantuvo todo tipo de pensamientos dando vueltas en su cerebro.
En un determinado momento, las circunstancias propiciaron un inesperado reencuentro. La sala era amplia y el sol que penetraba por un gran ventanal la hacía muy luminosa, casi deslumbrante. Había una parte en que la luz era más difundida y es allí donde ella estaba, de pie y apoyada sobre la mesa, hojeando una revista. Sólo llevaba una sedosa camisa que apenas cubría un poco más allá del final de su espalda y que insinuaba las redondeadas formas de unas nalgas perfectas. Cuando él la vio en esa posición y su mente recibió el flash de aquella vívida imagen que tanto el había trastornado, la naturaleza hizo su trabajo y instintivamente su ser se encendió. Mirar las proporcionadas formas de aquel trasero era una atracción irresistible que la incitaba al deseo de acariciarlo, de abrazarse a ella, como preludio de un imaginable placer.
Ella no sintió como se acercaba, pero intuyó su presencia. Él se acercó lentamente y cuando su cuerpo excitado se encontró con aquellas nalgas, se arrimó, se inclinó ligeramente sobre su hombro y con una exquisita suavidad la abrazó. Ninguno de los dos dijo palabra. La chica, aparentemente insensible al contacto pero cerrando los ojos, como una señal de su receptividad, sólo hizo un sutil movimiento de oscilación corporal, que facilitó el encaje de los dos cuerpos.
Durante unos instantes permanecieron en esta posición, en absoluto silencio. Sólo podían percibir el fluir de una cálida energía recorriendo sus cuerpos. Cada punto, cada rincón, cada pliegue de su piel era sensibilidad pura preparándose para recibir un alud de agradables sensaciones.
Él se inclinó un poco más para tener a su alcance aquella fascinante nuca, tentadoramente visible. Sus labios iniciaron un suave recorrido que, empezando por debajo de su cabello, fueron bajando siguiendo la columna vertebral, hasta donde la sedosa camisa permitía. Su lengua paseaba arriba y abajo y transmitía un calor húmedo que provocaba en ella un ligero escalofrío. Simultáneamente, sus manos, que hasta entonces la abrazaban, se dejaron ir hasta los pechos donde encontraron unos pezones erectos y receptivos que él acariciaba como si sus dedos fueran plumas, como si se deslizaran por aquellos montículos tan sensibles y receptivos. Sin apretarlos ni estrujarlos, tocándolos solo con la delicadeza y suavidad como se tocaría una finísima y muy valiosa pieza de cristal.
Los labios y la lengua seguían su recorrido de un lado a otro de la nuca entreteniéndose por los lóbulos de las orejas hacia el cuello y desde aquí, por el mentón, en busca de su bien perfilada boca. Las manos seguían bajando y recorrían el cuerpo como si lo estuviera modelando. Con la misma suavidad y delicadeza, los dedos bordeaban, sin detenerse, el felpudo triángulo púbico y la vagina aún cerrada.
Sus dedos serpenteaban por todo el contorno de sus muslos deslizándose hacia las nalgas. Allí, ahora con toda la palma de la mano y apretando con más energía, la suavidad inicial daba paso a un roce más intenso. La aparente pasividad con que ella lo dejaba hacer, no era muestra de indiferencia sino que, al contrario, sus sutiles reacciones respondían armónicamente a cualquier cambio en la presión o en el movimiento y su excitación iba aumentando progresivamente.
Después, como si se las quisiera tornear, él le acariciaba las piernas en toda su longitud, bajando y subiendo para detenerse finalmente en aquella zona púbica donde dedicó toda su atención. Aquella cueva protegida por unos carnosos y cálidos labios que se abrían con deleite le excitaba: chorreaba humedad, su tibieza era la adecuada y el clítoris se mostraba desafiante y receptivo. Sus dedos juguetones y traviesos se movían por dentro y por fuera en un constante y enérgico roce, sin dejar de acariciar ningún rincón.
Ella tan pronto presionaba las piernas con fuerza, encarcelando los dedos que acariciaban los pliegues interiores, como aflojaba la presión de los muslos para facilitar el roce exterior y así, entre suspiros, gemidos, movimientos convulsivos, alaridos, escalofríos y espasmos que, cuanto más se excitaba, eran más intensos, más fuertes y más seguidos, estalló el orgasmo. Un temblor en las piernas, el cuerpo laxo, la recuperación del aliento y una expresión en los ojos, mezcla de alegría y cansancio, cerraron esos momentos
Él, en plena excitación, mientras seguía besándola y acariciándola con una exquisita suavidad, dejó que las manos y los labios de ella juguetearan son su predispuesto apéndice fálico, lleno de energía vital. La chica se dispuso agacharse para poder liberar de contenido ese miembro erecto y él, presintiendo el placer inmediato, cerró los ojos y ella, con la misma calidez y dedicación que había recibido le hizo estallar, satisfaciéndose plenamente.

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