miércoles, 25 de enero de 2012

ALEA IACTA EST


LOS SEÑORES DEL DOMINIO DE LA FUERZA

"Ellos no eran héroes ni dioses.
 Ellos brotaron del aliento del Inefable.
 Ellos gestionan el paso del caos al orden,
de las tinieblas a la luz, de la nada a la vida.
 Ellos no tienen sexo ni imagen, pero sus hechos son conocidos por los humanos y
 cuando sueltan las bridas del universo que vigilan, se ponen a cabalgar como potros salvajes.
 Ellos Son los Señores de la Tierra, del Aire, del Fuego y del Agua.
Ellos son los Señores del Dominio de la Fuerza. "

ALEA IACTA EST

El Señor de la Tierra, dejó su fortificación de la Isla de Akil donde había vivido desde hacía unos tres mil quinientos millones de años. El Señor del Aire, siempre nómada, abandonó su gran tienda plantada en los cinturones de Van Allen, más allá de la Exosfera. Y Rodeado de magmas incandescentes, el Señor del Fuego, que vivía en lo más profundo de la tierra, dejó atrás los gigantescos conglomerados de metales pesados que le proporcionaban refugio.

Así lo habían decidido. Se reunirían en Consejo Extraordinario el segundo día del equinoccio de otoño, mil trescientos veinte y cuatro años antes de la Reunión Ordinaria que, desde el primer cataclismo, celebraban cada tres mil años. Esta vez se reunirían en el dominio del Señor del Agua, situado en el umbral de las grandes profundidades marinas junto a las islas Galápagos.
A la hora convenida, con una puntualidad envidiable, los distinguidos invitados fueron llegando. Un largo pasillo formado por hileras de gusanos de tres metros de altura a cada lado, marcaba el camino. Más allá, estaban los habitantes más ilustres en un número difícil de precisar, almejas de enormes valvas de más de veinte centímetros y gambas de formidable tamaño. Al fondo, se encontraba un escuadrón de mastodónticos machos de ballenas azules que armonizaba el acto con sus cánticos en tonos graves. En la retaguardia, en perfecta formación, se encontraban situadas las tropas de élite, y detrás, unos calamares gigantes con los ojos tan grandes como cabezas humanas.
Los recién llegados quedaron boquiabiertos al ver aquella deslumbrante bienvenida y contemplar aquel lugar rodeado de enormes fortificaciones coronadas por altísimas chimeneas que no paraban de escupir violentamente agua emergida a 400 grados Celsius y gases compuestos de sulfuros de hidrógeno. Su sorpresa fue mayor aún, cuando el anfitrión les aclaró que todo aquello era la fuente de energía producida por una densa capa de bacterias y que en ese entorno hostil habitaban unos invertebrados de cuerpo blando, largos y delgados, que desde la cabeza a la cola tenían una diferencia térmica de unos 76 grados. Todo un mundo desconocido para ellos.
Terminada la bienvenida, los cuatro Señores del Dominio de la Fuerza, se dirigieron a la sala donde iba a celebrarse la reunión. Era una sala amplia llena de enormes estalactitas y estalagmitas con multitud de manantiales de aguas azules y transparentes. La estancia, a pesar de encontrarse entre las abismales profundidades, gozaba de una claridad que contrastaba con su entorno gris oscuro y  el espacio marino más profundo, donde la oscuridad absoluta quedaba aún más ennegrecida por un  brumador y denso silencio.
El anfitrión comenzó la reunión tomando la palabra: "Empezamos esta Reunión Extraordinaria. En primer lugar, como siempre hemos hecho en estas ocasiones, decretamos que en cualquier parte del planeta, tanto en las horas de luz como en las de oscuridad, la atmósfera sea clara y que las condiciones óptimas de bienestar acompañen estos días. Por lo tanto: no se producirá, mientras estemos reunidos, ningún desequilibrio en las fuerzas de la naturaleza. El mar, el viento, los volcanes y los movimientos de las capas terrestres permanecerán en estado sereno y de reposo. Así lo decidimos nosotros, los Señores de los Dominios de la Fuerza".

Con breves segundos de silencio, quedó ratificada su voluntad.

Serenamente prosiguió su discurso pausado: "A lo largo de millones de años de nuestra existencia, hemos ido planificando la configuración del planeta y hemos estado en constante movimiento.  Desde la aparición de la Humanidad, sabíamos que los hombres nos irían conociendo, comprendiendo e incluso modelando a fin de obtener de nosotros todo lo necesario para su supervivencia. En este contexto, hemos ayudado a las transformaciones necesarias en el orden evolutivo haciendo posible el gran paso del incipiente "homo habilis" al homo sapiens. Ahora, nos encontramos ante una situación complicada. En los últimos siglos el conocimiento humano ha efectuado un gran salto cualitativo, algo bueno sino fuera por los malvados que rompen el orden y el equilibrio".
El Señor de la Tierra interrumpió diciendo: "Cierto, cierto..., sin ningún tipo de escrúpulos arrasan miles y miles de zonas selváticas y aniquilan sin piedad a especies enteras de animales”. El señor del Agua añadió: “ellos son los que vacían sin conciencia los mares y océanos de seres vivos e infectan las aguas con vertidos tóxicos y radiactivos ".  "También lanzan sin pudor ni medida basura al espacio y descomponen la capa de ozono." -grito el Señor del Espacio.-  "Y Además, crean guerras y expanden el hambre…" -concluyó el Señor del Fuego.
Se hizo el silencio y tras una breve pausa el anfitrión prosiguió: "Nosotros, cuando escupimos fuego, hacemos temblar la tierra y encabritamos mares y vientos, estamos siguiendo el plan establecido cuyo objetivo es el equilibrio cósmico. No podemos decir lo mismo cuando las acciones desmedidas de los hombres nos distorsionan. ¿Qué debemos hacer? ¿Damos prioridad a que las fuerzas del mal que habitan en la propia humanidad sean aniquiladas por los propios humanos? ¿O actuamos de forma contundente para dar paso a un nuevo estadio evolutivo?".

Llegado a este punto, se ordenó sellar todos los accesos a la sala donde estaban reunidos y empezaron a deliberar en secreto.

Transcurridos tres días y tres noches, la sala se abrió y cada uno de los asistentes emprendió el regreso a sus dominios. Nadie, excepto ellos, sabía cuál fue la decisión que habían tomado.
En el exterior de las aguas, la humanidad entera, sin saber el porqué, durante aquellos tres días y tres noches disfrutó de una extraña y agradable sensación llena de armonía. La naturaleza presentaba un color y una belleza extraordinaria, un fenómeno nunca visto hasta entonces, como tampoco lo fue lo que ocurrió después cuando comenzaron los terribles sucesos. Por diversas partes del mundo se desencadenaron huracanes que dejaban desolación y miseria; en otras, tsunamis que arrasaban poblados y engullían personas y mucho más allá, aparecieron zonas desérticas dejando sin pastos y agua paisajes paradisíacos. Se despertaron volcanes que escupían ríos de fuego arrasando campos y ocultando con cenizas la luz del sol. Las temperaturas se descompensaban  provocando aludes y deshielos... La gente asustada no sabía hacia dónde ir ni que hacer. Aparecieron adivinos, predicadores, vendedores de esperanzas, mercaderes de la angustia y pregoneros de malos augurios. Los científicos de todo el mundo no paraban de investigar y se afanaban por estudiar esos comportamientos extraños de la naturaleza, preguntándose:¿Es quizás el preludio de un nuevo cambio en el proceso de la humanidad? ¿O es la humanidad quien tiene que hacer el cambio?”

Todos, ignoraban que Los Señores del Dominio de la Fuerza habían tirado los dados. 

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Muy bueno. Es un relato corto impecable, ágil y seductor. La transición es perfecta, sin fisuras. Juegas con la fantasía y la realidad al mismo tiempo y dejas que el lector añada más de su propia imaginación.

Mondina dijo...

Gracias! Me alegra tu visita y también que te guste. Gracias.