
Mientras, me estoy preguntando qué soy.
No lo sé todavía;
dudo entre árbol, serpiente o libélula.
dudo entre árbol, serpiente o libélula.
Mi cuaderno de notas se revela y me incita a establecer, vanamente, alguna hipótesis. A plantearme dudas sobre lo establecido... Durante el tiempo en que, sobre los senderos de mi tierra agrietada, sigo los vestigios de unos pasos que se alejan; de unos rastros que aún humean por el aguacero pasado. Pongamos por ejemplo que escucho un silencio mendigo. Benigno. Una especie de felicidad objetiva, encaramándose hacia mí casa; trescientos metros más allá, elevada entre el límite del mar y el viento del Norte; refugio de las aves, de los lagartos, de mariposas y de pensamientos. Es el cobijo del deseo y el útero del exilio. Al fondo, los reflejos del mirador van forjando miradas lascivas y miradas expectantes. Ante mí, las aguas encrespadas ejercen su tiranía borrando las huellas...
Hay casas que se enraízan, suspendidas en el aire, y que acumulan un enorme montón de objetos inverosímiles e inútiles. Son casas con raíces aéreas que van trepando, mientras los días pasan; y que suben al ápice en dirección a las nebulosas y a despecho de los dioses. Hay casas adosadas como castillos inexpugnables que se alzan intemporales formando parte del paisaje, como víboras de hormigón, decorando las montañas y unos cielos frágiles. Otras que se zambullen en el agua, haciendo piruetas sobre lo insólito. Algunas, incluso, se reflejan en la niebla. Y casas vacías, que tienen la virtud de despertar los sueños. El vacío de una casa, es una propiedad paradójica de la plenitud, con alma sin piel y una piel sin alma: el abrigo de la nada y de la paradoja.
Hay casas que se enraízan, suspendidas en el aire, y que acumulan un enorme montón de objetos inverosímiles e inútiles. Son casas con raíces aéreas que van trepando, mientras los días pasan; y que suben al ápice en dirección a las nebulosas y a despecho de los dioses. Hay casas adosadas como castillos inexpugnables que se alzan intemporales formando parte del paisaje, como víboras de hormigón, decorando las montañas y unos cielos frágiles. Otras que se zambullen en el agua, haciendo piruetas sobre lo insólito. Algunas, incluso, se reflejan en la niebla. Y casas vacías, que tienen la virtud de despertar los sueños. El vacío de una casa, es una propiedad paradójica de la plenitud, con alma sin piel y una piel sin alma: el abrigo de la nada y de la paradoja.
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Tarde o temprano nos enteramos de las cosas que pasan, de las cosas que queremos, de la casa que tenemos... Y escribimos para que nuestros pensamientos no se pierdan para siempre. Pues no se puede hacer de otro modo si se quiere "conservar el tiempo": nuestro universo particular, intimista, visto a través del objetivo de una memoria imperfecta.
Pero siempre estamos, en casa, mirándonos. Nos levantamos y tanteamos los días, mientras escribimos con humo las paredes. Y aún dudamos entre crujiente de huevo con puré de sobrasada y miel de caviar de trucha y foie a la plancha, con piña caramelizada con reducción de Oporto o en desvelarnos y admitir que somos metáfora del vacío.
Pero siempre estamos, en casa, mirándonos. Nos levantamos y tanteamos los días, mientras escribimos con humo las paredes. Y aún dudamos entre crujiente de huevo con puré de sobrasada y miel de caviar de trucha y foie a la plancha, con piña caramelizada con reducción de Oporto o en desvelarnos y admitir que somos metáfora del vacío.

