"Y
llegó el día en que el riesgo que representaba permanecer encerrada al capullo
era más doloroso que el riesgo de florecer." Anaïs Nin
Hoy se había despertado con tiempo para desembarazarse de los efectos del somnífero que los últimos meses le había permitido desconectar de la realidad durante algunas de las horas oscuras en las que los fantasmas toman fuerza, se enroscan y penetran en el desnudo cuerpo solitario y en el alma encogida por el miedo.
Cada mañana su regreso tenía tintes similares, aquella sensación de asomarse del interior de un cubo de agua fría a punto del ahogo, esa necesidad de tomar aire con urgencia, como si acabara de salir de nuevo y por milésima vez del interior de un útero y le cortaran el cordón umbilical, para volver a nacer en aquel espacio putrefacto que olía a pánico.
Cada mañana su regreso tenía tintes similares, aquella sensación de asomarse del interior de un cubo de agua fría a punto del ahogo, esa necesidad de tomar aire con urgencia, como si acabara de salir de nuevo y por milésima vez del interior de un útero y le cortaran el cordón umbilical, para volver a nacer en aquel espacio putrefacto que olía a pánico.
Se preparó a conciencia, con toda la delicadeza de que era capaz de tratarse, mientras el vapor empañaba el espejo del baño. Vientre de mujer, pechos de mujer, piel de mujer que en otro tiempo habían dado fruto y que ahora reposaban y sentían el contacto con el agua caliente, dejando emerger por todos los poros emociones frías, congeladas, al tiempo que absorbían toda la tibieza del espacio mimado de su intimidad. La voz reencontrada del cantante de voz áspera y envejecida, que había resurgido de sus propias cenizas, llenaba el aire de la casa; conocía muy bien todos los matices, la melodía, el ritmo cadente, las palabras que habían golpeado tantas veces su cerebro avanzaban ahora dulces, suaves a la vez que firmes…“...ring the bells that still can ring forget your perfect offering there is a crack in everything that's how the light gets in...” (Anthem, Leonard Cohen).
Zumo de manzana, fruta, y una tostada con queso; en el bolsillo de los vaqueros la piedra que su amiga le había puesto en la palma de la mano al borde de un mar salvaje una tarde de verano de confidencias y dolor de alma, dolor casi sólido, imposible de franquear. El cabello recogido, la camiseta que la hacía sentir bien, y poca cosa más, hoy las gafas de sol se quedaban en el cajón y sus ojos salían a la calle liberados de vendas.
Mientras caminaba hacia el juzgado aquella mañana, la primavera recién estrenada, exhibía tímida su potencia y entregaba todos los indicios de estallido incontenible del tiempo transcurrido desde aquel invierno helado dentro y fuera, invierno de temperaturas mínimas históricas decían los entendidos. Un frío vivido en su particular estado de crisálida. Un frío que había notado en su corazón y en todos sus huesos, músculos, tendones, manos y pies. Un frío paralizante que había calmado con la calidez de abrazos cercanos, de miradas cómplices y de palabras sabias.
Uno, dos, tres, inspirar; uno, dos, tres, expirar; iba hilando sus pasos sincronizados con su respiración, mientras dejaba que su pensamiento vagara libre por los terrenos áridos, minados hasta las orejas, llenos de trampas sofisticadas que había pisado desnuda y descalza tantas veces, segura de que muchas otras mujeres lo habían hecho antes, y que a ella le había tocado aprender a sortear a base de horas de terapia, mientras estallaban imágenes y recuerdos de aquel pasado que necesitaba esparcir a los vientos, hundida en la butaca del salón de la amiga que la había acogido las últimas semanas en su casa, dejándose observar atenta por Luna, la perra joven que esperaba cualquier mínimo movimiento suyo para interpretar ganas de un juego que la sobrepasaba y a la vez la distraía; con la mirada incapaz de ver más allá de su desasosiego, con la atención incapaz de seguir los diálogos de aquel programa frívolo televisivo de tarde de verano, tapada con una sábana hasta el cuello, aunque la temperatura sofocante encendiera todos los rincones de aquel pequeño pueblo dormido; yerta, rígida, con el espanto incrustado en cada una de sus células, había dejado pasar las horas, las noches y los días interrumpidos crónicamente por aquellos mensajes de móvil inflamados de dominio y veneno, que intimidaban y anulaban sin piedad su ser más profundo; cientos de sms que escupían amenazas de persecución eterna, de no dejarla vivir mientras viviera, que la trataban de traidora y la instaban a aceptar un pacto para dejarla vivir en paz; largos párrafos que le minaban la autoestima y la credibilidad, querían hacerle creer que estaba enferma y censuraban cualquier intento de libertad de expresión.
La acusaba con asco de rastrera, falsa, despreciable... todo envuelto en un lenguaje pulido, elaborado, irónico, propio de aquel hombre culto y posicionado. Ella había desatado la furia de los dioses y el maligno seductor se había convertido en el más odioso de los mortales.
Aquel hombre la había seducido con la misma intensidad con que ahora la intentaba destruir. Poliédrico y experto en el trato con las mujeres, había creado en ella todo tipo de confusiones hasta hacerla sentir inmersa en una verdadera montaña rusa de emociones, que iban desde la pasión más entregada al desprestigio más absoluto. Le hablaba de su colección de conquistas anteriores, al tiempo que le repetía que nunca, y nunca era nunca, contara nada de su relación porque él lo desmentiría siempre.
Aquel hombre que había procedido con la meticulosidad del coleccionista de mariposas, y que ahora publicaba en blogs anónimos imágenes y grabaciones que él mismo le había hecho, se había movido sin dejar rastro, mientras recopilaba información de ella, que ahora manipulaba, y usaba en una selección cuidadosa como arma de acoso y destrucción.
Aquel hombre sólido y aclamado, a la vez que débil en la intimidad, ahora actuaba con total frialdad, creando zonas de sombra y de morbosidad propias de quien tiene mucho camino recorrido; ahora invertía todas sus energías y su tiempo en intentarla arrastrar a sus dominios infernales, en aniquilarla con sus pociones tóxicas tantas veces elaboradas en sus largas noches de insomnio; con la cobardía del anonimato velado y la prepotencia de su posición, seguro de sentirse impune a todo, despreciándola, convencido de que no se atrevería a nada, manteniéndose a la sombra.
Los meses se habían arrastrado ronceros sobre la alfombra del tiempo, tiempo que todo lo cura, o todo lo enquista. Hubo intentos de recuperación enviados en forma de anzuelos estratégicos que habían resultados infructíferos, pero hacía tiempo que ella había arrojado al contenedor de recogida selectiva su ingenuidad.
Aquella mañana, avanzaba dejándose hechizar por los matices de la luz de una incipiente primavera, saboreando el perfume del aire sin prisas, mientras los auriculares de su iPod le regalaban la voz de Sam Cooke desgranando What a wonderful worldthis would be.
El ciclo de su metamorfosis concluía y todo indicaba que había llegado el momento de salir del capullo y extender sus alas.
(1) GRETA OTO es el nombre de la mariposa de la imagen. Su característica principal son sus
alas, las cuales son en gran parte transparentes
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Texto escrito para el 25 de noviembre: Día
Internacional Contra la Violencia de Género

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