Como gusano, mi existencia era anodina, pero con ganas de obtener reconocimiento universal: soñaba con ver mi nombre en los libros de historia de Lombrizandia. Mi deseo era convertirme en un gusano-star. Por eso, decidí introducirme en aquella manzana y roer la parte superior para provocar su caída sobre la cabeza de Isaac Newton, un humano que a menudo se cobijaba bajo el árbol para descansar y filosofar en voz alta.
Pero escogí la manzana equivocada. Y acabé en el
interior de la fruta colocada sobre la cabeza del hijo de Guillermo Tell.
