Genaro Sepúlveda estaba casi listo para la operación. Sabía que pronto vendrían a buscarlo, y empezó a inquietarse. Se puso, lentamente y sin ganas, un camisón azul que la enfermera le había dado; estaba convencido de que aquello era lo que debía hacer.
No hacía ni dos meses que entró, decidido, a la consulta del doctor Villaverde. La noche anterior había tomado una decisión y ya nadie podría sacarle esa obsesión de su cabeza.
- Doctor, quiero operarme.
- ¿Está seguro? Piense que no hay marcha atrás.
El doctor amablemente le explicó los pormenores de ese tipo de intervención, había riesgos y tenía que estar preparado para posibles consecuencias.
- Me enfrentaré a lo que sea, pero no puedo seguir así. He podido perdonar, pero no soy capaz de olvidar. Mi vida es un infierno.
Hacía un año que había descubierto que su esposa tenía un amante. Marga era una mujer sencilla, de aquellas que no llaman para nada la atención. Nadie podía imaginarse, viendo su aspecto de madre agobiada, que podría tener suficiente tiempo o ganas para cometer una infidelidad. Pero lo hizo. Se lió con el vendedor de coches del barrio, un hombre encorbatado de sonrisa seductora que conoció a la puerta de la guardería, una tarde de verano cuando fue a buscar a los gemelos. Él también estaba casado, pero eso no impidió que juntos vivieran aquella furtiva aventura, que precisamente terminó cuando Genaro los descubrió besándose a tres manzanas de su casa.
Ella suplicó el perdón a su marido. Le dijo que sólo había sido por una cuestión de sexo, que el vendedor la había hecho sentir deseable, y que él, Genaro, ya nunca le decía palabras bonitas. Marga sentía que Genaro sólo le hacía el amor por rutina, como para desahogarse de un mal día, y eso, más algún que otro detalle de desafección, la hizo caer en los brazos de un Casanova de poca monta.
Después de muchas semanas de reproches, de inmensos silencios y lágrimas furtivas, tras una temporada de desconfianzas, amabilidades forzadas e intentos de acercamiento, llegó el perdón. Genaro no podía soportar aquel ambiente en casa: la mujer que amaba le había sido infiel, sí, pero quizás él tenía parte de culpa. Los niños sabían que algo pasaba, y se pusieron de acuerdo para volver a hacerse pipí en la cama. El ambiente de la casa era frío y se respiraba inquietud y angustia. El mundo se derrumbaba, Genaro sintió que tenía que hacer algo, y decidió perdonar. La separación no era, en ningún caso, una opción que le pasara por la cabeza.
Marga, poco a poco, volvió a recuperar la confianza de Genaro. Él se volvió a enamorar, quizás porque ya no la sentía suya al cien por cien. Parecían unos adolescentes en sus primeras citas. Se llamaban durante el día, para hablar de amor y de sexo. Ella, sintiéndose renovadamente deseada, se volvió a cuidar más. Iba a la peluquería dos veces al mes, se compró ropa bonita, e incluso se puso a régimen. Él la sacaba a cenar mucho más a menudo, y habían retomado su antigua costumbre de ir al cine los sábados por la noche, dejando a los niños dormidos a cargo de una canguro. Saciados de deseo y desesperados por reencontrar sus almas y sus cuerpos, aprovechaban cualquier momento para tocarse, frotarse, acariciarse. Había momentos de calmada sensualidad, pero también de sexo desesperado, e irrefrenable, que debían contener para no cometer ninguna indiscreción ante los ojos, siempre curiosos, de los gemelos. Ellos, convencidos de que todo había vuelto a la normalidad, habían decidido que mojar la cama era una costumbre incómoda, lo que Genaro y Marga aplaudieron alegremente desde el primer día que encontraron secas las sábanas de los niños.
Un día, Genaro vio a Marga hablando con un hombre en la calle. Parecían divertidos y compartían algún tipo de conversación aparentemente intrascendente. Como si se tratara de un resorte interior, todas sus desconfianzas se dispararon. Los celos se apoderaron de su cordura, y allí mismo en plena calle, le pidió explicaciones. Marga, avergonzada, le presentó a su interlocutor: era un antiguo compañero de trabajo que acababa de encontrar, y que no tardó en desaparecer, cuando vio el rostro airado y desconfiado del marido de Marga.
Poco convencido de la inocencia de Marga, Genaro le pidió perdón, pero los celos seguían atormentándolo. Empezó a espiarla: la seguía furtivamente cuando iba al supermercado, le revolvía el bolso y el móvil. Ella, consciente de su sufrimiento, le explicaba siempre sus planes para evitar que él se imaginara lo que no era. Pero de poco sirvieron las buenas intenciones de Marga. Genaro adolecía día a día, sólo de pensar que su mujer pudiera tener de nuevo un amante.
La vida cotidiana se convirtió en un infierno. Cuando Marga se desnudaba, Genaro le olía la piel buscando fragancias ajenas. A escondidas revolvía su ropa interior, buscando inútilmente, entre los sujetadores, el rastro de otras manos, como si las huellas de un desconocido pudieran quedar estampadas en la ropa, al igual que lo harían en un cristal limpio.
Una noche, Genaro tuvo una pesadilla terrorífica: soñó que el vendedor de coches se acostaba con Marga, en su propia cama, mientras él se hacía invisible y se quedaba paralizado, viendo como los dos amantes se entregaban mutuamente y maquinaban su asesinato. Despertó empapado de sudor y, con cuidado para no despertarla, se levantó angustiado para poder beber un poco de agua. Ya desvelado, decidió poner en marcha la tele durante un rato con el volumen en silencio, pero un anuncio publicitario con letras inmensas captó su total atención:
‘¿Su infancia fue un infierno?
¿Quiere olvidar su primer matrimonio?
¿No deja de recordar su estancia en la cárcel?
¡VENGA A LA CLÍNICA OUT OF MEMORY!
EN UNA SIMPLE OPERACIÓN QUIRÚRGICA,
Y EN MENOS DE 30 MINUTOS,
LE HAREMOS OLVIDAR LO QUE USTED QUIERA.'
¡Esa podría ser la solución! ¿Podrían hacerle olvidar la infidelidad de su mujer? No pudo pegar ojo en toda la noche pensando en aquel anuncio televisivo. ¡Era una idea fantástica! Aquella mañana, después de acompañar a los gemelos a la guardería, se dirigió, decidido, a la Clínica del doctor Villaverde.
Pasados dos meses después de aquella primera consulta, Genaro entró al quirófano. Había dejado bien claro que lo único que quería olvidar era aquella infidelidad. No podía vivir sabiendo que Marga le había traicionado, y que en cualquier momento podría volver hacerlo. Muerto el perro, muerta la rabia.
El equipo de cirujanos hizo un trabajo limpio y rápido. Habían hecho ya todos los escáneres necesarios para localizar la parte del cerebro que regulaba ese recuerdo. La extirpación que debían hacer era ínfima, casi molecular. En media hora, Genaro ya estaba en la habitación, recuperándose de la anestesia.
Marga se había opuesto a esa decisión. Ella pensaba que de su acción tan reprobable habían salido cosas buenas. Habían conseguido recuperar la pasión que los unió, además del romanticismo y la apetencia sexual de sus primeros meses de casados. Sólo bastaba que Genaro lograra vencer aquellos celos enfermizos, ahora ya infundados, y ya nada se interpondría jamás entre ellos. Pero al final, claudicó. No podía soportar la constante tortura de su marido ante la posibilidad de que cualquier hombre fuera su potencial rival. Convinieron en que nunca más hablarían de ese tema, y mucho más ahora que para él ya solo sería un recuerdo olvidado.
Unas semanas después de la operación, las cosas habían vuelto a la normalidad. La confianza de Genaro en su mujer volvía a ser total y absoluta. El trabajo volvió a absorberlo, y volvieron a ser esclavos del quehacer diario, sin nuevas concesiones al romanticismo que habían recuperado recientemente.
Ella volvió a asumir su rol de madre abnegada, atareada con el trabajo que le daban los gemelos. Llegaban tan cansados, que apenas hacían el amor. Ella dejó de ir frecuentemente a la peluquería y apenas nunca encontraban el momento para ir al cine. De nuevo la rutina volvió a comérselos.
Un sábado, Genaro quiso darle una sorpresa a Marga. Dejaron a los gemelos a cargo de una buena vecina, y le dijo: mi amor, últimamente sólo trabajamos, y creo que ya es hora de que nos demos un capricho. Marga, con los ojos que le salían de las órbitas, contempló como su marido la arrastraba hacia el interior del concesionario de coches del barrio...