Retrato de una época.

Don Antonio Rosales y María Brugás
en el día de su boda (1856)
Vino al mundo cuando ya nadie la esperaba. La familia  Rosales había criado dos chicos como dos torres y María, la madre,  hacía meses que, por culpa de los sofocos, iba a todas partes con el abanico en la mano. Llevaba meses implorando a santa Rita de Casia, patrona de los imposibles, que mediara con el Altísimo y le concediera la niña que tanto anhelaba. Y el ruego de María fue escuchado porque el día 22 de mayo de 1874 puso al mundo una criatura preciosa que, de tan bonita como era, parecía una muñeca. A pesar del disgusto de Don Antonio, su padre, la niña no se llamó como la abuela, sino como la santa que se festejaba aquel día y que, curiosamente, fue el nombre de la santa implorada. Sin embargo, en casa,  nunca nadie la llamó Rita sino Nenina.
Los Rosales vivían en un piso amplio de la calle Balmes. El sueldo cobrado por el padre, contable de una importante naviera, les permitía llevar una vida acomodada. María, atenta y protectora, era una madre que solo anhelaba para sus hijos un futuro próspero. Francisco, el mayor, se casó muy joven con una heredera acaudalada de la Capital. En cambio, Miguel, el pequeño, nunca mostró tener prisa por casarse. Trabajaba de linotipista y soñaba que algún día tendría negocio propio. Miguel y Rita se llevaban quince años y, pese a la diferencia de edad, estaban muy unidos. Ella le profesaba una adoración absoluta y él le reía todas las gracias. 
Calle Balmes - Barcelona (1872)
Cuando la madre lo alentaba para que eligiera esposa, se enfurruñaba y decía: «Soy demasiado feliz. No quiero tentar la suerte». Y era cierto. Eran afortunados. Diariamente, juntos se sentaban a cenar alrededor de una gran mesa con mantel bordado,  comían buenos platos de judías con tocino,  bebían vino de buena calidad y saboreaban, de postre, membrillo o  manzanas al horno. Luego, durante la sobremesa se contaban chistes, se comentaban habladurías de mercado, e incluso, algunas veces María recitaba poemas, y Miguel hablaba de los libros que leía y de las historias que le hacían soñar. Muerta de sueño, Rita nunca quería irse a la cama, con lo cual acababa por dormirse en el regazo de su madre o en el de Miguel.
Rita Rosales el día que cumplió 8 años (1882)





Ya de muy pequeña, Rita hacía una caligrafía cuidada y leía sin tropezarse. Las operaciones matemáticas la entretenían de lo más y Miguel jugaba con ella poniéndole operaciones más difíciles que las de la escuela pero ella las resolvía con una celeridad que suscitaba la admiración del hermano. Tanto las monjas como Miguel decían que Rita servía para estudiar, que no le costaría nada llegar a ser una tenedora de libros tan notable como su padre. Sin embargo estos argumentos no fueron suficientes para convencer a Don Antonio. ¿De qué le serviría a la niña estudiar como un chico? De ninguna manera. Para no tener que  oír más el enfado de María, al final accedió a que Rita fuera a aprender costura, al menos así se distraería haciendo su ajuar.
Fue en aquellas clases de costura donde Rita conoció a  Inés, una chica tan tímida que, solo con hablar, se sonrojaba. A pesar de tener unos cuantos años más, tenía un semblante de niña desvalida. Era de un pueblo pequeño y la ciudad la dejaba maravillada. Inés se sorprendía constantemente por todo abriendo unos ojos como platos, unos ojos azules como el cielo de mediodía. Las dos jovencitas no tardaron en ser buenas amigas; les gustaba contárselo todo y nunca encontraban el momento de separarse. “No tengo hermanos, pero si fueras mi hermana no podría quererte más", le dijo un día Inés. Fue entonces cuando Rita decidió llevarla a casa para que conociera a la familia. Miguel, solo con verla, se le resbaló el vaso que tenía entre las manos y ella, ruborizada, le dijo: «No te habrás hecho daño, ¿verdad?". María, que no se le escapaba nada, comentó a su marido: «Antonio, creo que ya podemos ir preparando la boda».
Mercado de San Antonio - Barcelona (1887)
Inés se encontró cómoda  en casa de los Rosales. Tanto, que pasaba tardes, e incluso días enteros, junto a Rita. «En casa, mi tía no para de refunfuñar», decía. A menudo las dos chiquillas salían a pasear con Miguel. Iban hasta las Ramblas y bajaban tranquilamente hasta llegar a la playa bordeando el muelle. Si el día estaba nublado, se guarecían bajo los porches de la plaza Real. De vez en cuando, se acercaban hasta el Parque de la Ciudadela a ver cómo avanzaban las obras para la próxima Exposición Universal; por San Antonio, asistieron a la bendición de caballos y carruajes y a menudo los domingos, paseaban por el mercado de San Antonio recorriendo los puestos de hierbas, ungüentos y remedios ancestrales para amansar todo tipo de sufrimientos, menos para el enamoramiento, porque Rita ya empezaba a calarse que ese, era un mal incurable. Pero cuanto más se fortalecían los sentimientos entre Inés y Miguel, más crecía su sensación de soledad, hasta que  al final, aquellos paseos dominicales se convirtieron en una auténtica tortura.
Iglesia Santa María del Mar - Barcelona (1888)
Al despuntar la calor, Inés y Miguel se prometieron y, en verano de 1888, en la iglesia de Santa María del Mar y mientras intercambiaban las alianzas rebosantes de felicidad, Nenina rezaba a Santa Rita, la santa que otorga los favores más impensables, para que les enviara un buen escarmiento a todos ellos por hacerla sufrir tanto.
Los novios se instalaron en la habitación más grande de la casa. La madre les regaló la cama doble de caoba y la colcha de hilo. Toda la atención se centró en Inés. Para ella, Miguel leía en voz alta bellos poemas; para ella, el padre iba a comprar pan blando cada día; para ella, la madre preparaba cada mañana un brebaje hecho con un par de huevos batidos, un chorrito de vino generoso y una cucharadita de azúcar, para que se fortaleciera y diese a luz el nieto que tanto estaba deseando tener en brazos. Pero es que además, María se pasaba el día contando, paso a paso y con dedicación, cómo tenía que llevar un hogar, como contentar al marido, como subir una criatura. «No tengo madre, la perdí cuando era muy chica pero si la tuviera, no podría quererla más que a usted, María ». Inés, ¡siempre tan encantadora! Rita no salía de su asombro: ¿cómo se atrevía a arrebatarle todo lo que había sido suyo?  De vez en cuando se sentía sola, se escapaba y vagaba por el barrio. 
Invitados de la boda (verano de 1888)
Durante las noches, cuando no podía conciliar el sueño, rememoraba los días de su infancia cuando se reían con los chistes del padre, hasta cuando la madre la incitaba para que se comiera todo lo que había en el plato por miedo a que no creciera lo suficientemente fuerte. Cuando estaba delgadísima, se sentía capaz de detener el mundo con una mano. En cambio ahora, que dejaba los platos relamidos, sólo tenía ganas de llorar. Tenía claro, pues, que la fortaleza proviene del afecto, y el dolor, de una persistente indiferencia.
Inés, no tardó en quedar embarazada pero tampoco tardó en dar muestras de tener una salud frágil, que fue empeorando a medida que se acercaba el momento de dar a luz. A mediados de diciembre, don Antonio regresó a casa con fiebre y escalofríos. El médico, amigo de la familia, les dijo que todo hacía pensar que había contraído el dengue, una epidemia que se extendía por toda la ciudad. Les proporcionó una buena dosis de quinina para combatir la fiebre y recomendó que, por nada del mundo, el enfermo tuviera contacto con Inés porque el maldito dengue se contagiaba con facilidad y la chica estaba débil y embarazada. Todas las precauciones resultaron inútiles, Inés también enfermó.
Miguel Rosales e Inés Casona (1888)
Dos días antes de Navidad y sin dar crédito a lo que les pasaba, los Rosales enterraron a don Antonio. María, al volver del cementerio, se acostó agotada de tantas noches sin poder dormir, pero no solo era cansancio: María, también tenía fiebre por haberse contagiado de la gripe. Miguel no descansaba ni un momento, iba de una cama a la otra cuidando a las dos enfermas. No comía, no dormía. Aireó la casa y la limpió a fondo, como si la escoba o la bayeta pudieran convertirse en verdugos de aquel maldito virus. Fue en ese momento cuando Rita tomó conciencia de la tragedia, y  pensó que todo aquello estaba pasando por culpa de su ruego insensato.
Inés se puso de parto la noche de los Santos Inocentes. Fue un parto extenuante que acabó con las pocas fuerzas que le quedaban. La niña nació entrada la madrugada. Tenía un color de piel rosado y un llanto decidido. A Rita le pareció la criatura más hermosa del mundo, una auténtica muñeca. “¿Vivirá?”, preguntó a la comadrona. “Si una nodriza le da el pecho, sí. Conozco una  que vive  en Horta de toda confianza”. Miguel sin pensarlo le dijo a Rita: “Nenina, lleva la niña ahora mismo a la nodriza, te lo ruego”. Ella asintió con la cabeza. Recogió cuatro cosas en una bolsa y se acercó a darle un beso a su madre. María estaba dormida, con la respiración pesada, los labios llenos de costras y muy pálida, como si ya estuviera muerta. Se arrodilló, la  besó, y muy bajito, casi en un susurro le dijo: “Perdóname, madre”. Cuando salió del cuarto, la comadrona ya tenía el bebé preparado. Miguel le dio un fajo de billetes y se abrazaron llorando. “Anda, vete, cuando todo termine vendré a buscarte”, dijo el hermano. Ella cogió a la niña, envuelta en una mantita, y cuando ya se encontraba frente a la puerta se volvió y lo miró. “Ve, Nenina. Te prometo que no te dejaré sola“, le dijo Miguel. Ella necesitaba decirle cómo lo quería, pero no pudo articular palabra.
Plaza Cataluña - Barcelona 1888
Rita, con solo quince años y la pequeña en brazos, caminó a buen paso  entre la oscuridad hasta la plaza de Cataluña. El cielo estaba encapotado y la humedad del ambiente se calaba hasta los huesos. A esa hora, puede que le fuera difícil encontrar algún arriero que hiciera el camino hasta Horta. Mientras, caminaba angustiada pensó que con un poco de suerte, el traqueteo de la tartana mantendría la criatura dormida, porque si se despertaba ¿Qué podía hacer ella con la niña?
Rita no conocía nada de Horta, solo sabía que se encontraba al pie de la montaña y que tenía un agua de muy buena calidad. De lejos, vio una muchedumbre que se congregaba junto a los carruajes. Demasiado movimiento para ser sábado. La gente llevaba maletas como si se dispusieran a hacer un largo viaje. “¡Este gentío está huyendo de la ciudad, tiene miedo de la gripe!”, pensó. Y se inquietó viendo que le sería difícil encontrar el transporte que tanto necesitaba.  Ya en la plaza, Rita no sabía que hacer ni a donde ir. De pronto, oyó una voz fuerte que la llamaba desde lo alto de un carro. Era una mujer joven, de facciones dulces, toda vestida de negro y con una especie de pañuelo que le cubría parte del pelo. 
Transporte (1889)
-¿Se puede saber a dónde vas, niña? -Le preguntó.
-A Horta -contestó con la voz fina.
-¡Vamos, sube! – dijo, y le tendió una mano fuerte como una roca para que se agarrara-. Me llamo Remedios, todo el mundo me llama Reme, y la carga que llevo, es ropa para lavar. Soy una lavandera de Horta. Y tú, ¿quién eres?
-¡Dios te bendiga! -Murmuró una vez arriba del pescante-. Soy Rita Rosales y necesito llevar a la niña a casa de la nodriza, la señora Salat -estuvo a punto de comentar que todo el mundo le llamaba Nenina, pero no lo hizo. Nenina ya no existía. Se había diluido aquella madrugada mientras su madre e Inés agonizaban y con la  despedía de  Miguel, quién sabe si para siempre-. ¿Tú, la conoces?
-Claro, chica, Horta es un pueblo pequeño y Gloria es bastante popular. Tranquila, verás como alimentará al bebé estupendamente. ¿Es tuyo?
-Como si lo fuera -contestó con determinación-. Es una niña, la hija de mi hermano.
-Toma, no cojas frío -dijo Remedios acercándole una manta.
-Su madre, ni siquiera  ha podido verla…
 Remedios intuyó que detrás de aquel lamento había una tragedia y concluyó que no era el momento de hurgar en sus heridas. Optó por charlar y charlar durante todo el viaje,  y con su palabrería animosa fue amansando la inquietud que la chiquilla llevaba muy adentro. 
Calle del Sol, junto a la Plaza Mayor (1890)
El sol ya despuntaba cuando el carro se detuvo en una calle, junto a la plaza Mayor de Horta. A Rita, a diferencia de la ciudad, el aire le pareció limpio, con un agradable olor a madera quemada. Entonces, Remedios saltó del carro y se acercó a una de las casitas, empujó la puerta y llamó a Gloria. La nodriza era una mujer robusta, de trato cordial, que enseguida cogió al bebé y las hizo pasar. Gloria aceptó ocuparse de la niña. De momento, el dinero que tenía sería suficiente, pero nadie sabía cuánto tiempo podía durar aquella situación. Por ello, Remedios ofreció a Rita  compartir la casa y la mesa, además de un pequeño jornal, a cambio de que la ayudara en el negocio. La única condición que le propuso fue tener buena voluntad y que por favor la tuteara. Era una propuesta que no podía rechazar. Así pues, acarició a la pequeña que dormía plácidamente y volvió a subir al carro. Apresurada Gloria le preguntó: «¿y la niña, como se llama?". Rita dudó unos instantes, pensó en Inés y en el nombre que le hubiera gustado, y dijo: “Rosario, como su abuela”.
Gloria Salat, nodriza de Rosario Rosales
Remedios vivía en la llanura de La Calma, en una casa de dos plantas. Su puerta principal daba a un callejón empedrado que separaba el huerto de la casa. A pocos metros de la entrada, se encontraba la cuadra para el caballo y el almacén para la ropa. Al otro lado del patio, el pozo con la polea para extraer el agua y dos lavaderos vacíos. Más allá, unas cuantas hileras de alambre donde decenas de sábanas se columpiaban perezosas, un gallinero y el huerto con ringleras de lechugas, espinacas, cebollas...  un limonero y una higuera de tronco sinuoso. Remedios abrió la puerta de madera y la hizo entrar. A Rita todo ese entorno le pareció un mundo mágico: las paredes tan blancas, los techos tan altos y con vigas de madera, la cocina con la chimenea, las habitaciones con balcones amplios y cortinajes hechos de encaje de bolillos... Sobre una cómoda, había la fotografía de un niño pequeño con el pelo rizado. No pudo evitar cogerla y mirarla.
Remedios con su hijo Guillermo
-¡Es precioso! -exclamó Rita- ¿Es tu hijo?
-Si. Se llamaba Guillermo hace dos años que murió -comentó Remedios-. Se subió al lavadero y cayó. Fue culpa mía. No me di cuenta y, cuando lo hice, ya se había ahogado. Pienso en él cada día, cada día.
-¿Sabes?, yo deseé y pedí a Dios que mi familia sufriera, pero ya no lo quiero. No quiero que se muera Inés, ni mi madre, ni Miguel, ni la niña. Antes quiero morirme yo Remedios. –decía con voz temblorosa.
-¡Pero Rita!, lo que tu deseas no pasa como tu crees. Si pudiéramos elegir el momento de la muerte, yo ya no estaría aquí. Hemos de seguir viviendo Rita, aunque sea como un tributo a los que amamos.
Mientras Rita la escuchaba, las lágrimas rodaron por la mejilla: primero, de manera tímida, pero luego como un torrente desatado abrazada a Remedios con desesperación, hasta que al final, agotada,  se durmió de tanto llorar.
Rita de lavandera

Aquel día Rita durmió más de diez horas seguidas. Cuando se levantó, encontró la leche con galletas sobre la mesa, desayunó y salió al patio dispuesta a aprender el oficio para así poder pagar, de alguna manera, la generosidad  que le ofrecía  Remedios. Vio a la lavandera empujar con fuerza la cuerda para subir el  cubo, una y otra vez, para después vaciarlo en uno de los lavaderos. El primero, se llenaba para ablandar la suciedad de la ropa y el segundo para poder aclararla. Remedios invitó a Rita para que la ayudara un rato. Antes de mediodía, los lavaderos estaban llenos, el jabón ya se había deshecho y las sábanas, manteles y toallas ya estaban reblandeciéndose. Y donde Remedios veía manchas de aceite, las rozaba con brío, como si la mancha fuera un enemigo a vencer, como si derrotándola, pudiera librarse de aquel peso que le oprimía el corazón.
El primer día, Rita aprendió a manejar la pala; al día siguiente, a blanquear la colada. Remedios le explicaba como había que poner la ropa los cubos, cubrirla con ceniza envuelta en trapos  y luego verter agua muy caliente. “¿Y así se blanquea la ropa?”, preguntaba sorprendida Rita. “Después hay que aclararla”, seguía explicándole Remedios. Con lo cual había que hacer el mismo trabajo pero a la inversa. De los cubos, la ropa iba a parar al otro lavadero, donde el agua clara arrastraba el jabón y los restos de la ceniza. Acabada de aclarar había que escurrirla y tenderla. Pero antes de entregarla  había que secarla, recogerla, repasar y zurcir desgarros, almidonarla, plancharla y doblarla. Remedios había heredado de us madre una clientela fiel que apenas le daba tiempo para descansar.  “¿De verdad tienes que trabajar tanto?", le preguntaba Rita. “Estar atareada me ayuda a no pensar”, le contestaba Remedios.
Paseando por la calle Nueva
Con el tiempo, Rita también aprendió a cuidar las gallinas, a recoger los huevos y llevarlos a vender, a cepillar el caballo, a recoger el estiércol para abonar el huerto… Y cada día, siempre antes de que oscureciera, ella y  Remedios iban a casa de la nodriza, donde contemplaban con satisfacción como la pequeña Rosario mamaba de un tirón, eructaba sonoramente y se dormía de nuevo. Gloria le decía: “Venga, tómala un rato”. Y ella se embelesaba observando como, de vez en cuando, abría los ojos, azules como los de Inés, mientras le acariciaba el huequito de la barbilla, el mismo que tenía Miguel. Y orgullosa decía mirándosela: “¿Verdad que es una muñequita?".
Después, volvían a casa paseando. En Horta, desde la plaza Mayor, que estaba al fondo del valle, hasta la montaña, había varias masías rodeadas de campos, de viñedos y almendros. Según contaba Remedios, las casas tenían siglos de existencia. La gente subsistía de la tierra y necesitaba poco para vivir. Como ella. Y de camino, la llevaba a ver el reloj de sol de la Casa Dorada, o el paseo de moreras que bordeaba el río, o la curtiduría de Casa Milanés. Si tenían ganas de andar, subían hacia la montaña por la calle Nueva, donde algunas familias barcelonesas se estaban construyendo casitas de veraneo, y llegaban hasta la cruz de la iglesia de San Juan que marcaba  el límite del municipio. Desde ahí contemplaban la torre fortificada de la Casa Verdaguer  y la extensa huerta que rodeaba la gran masía. Otros días, se animaban en llevarse la merienda y tomaban el camino de San Agustín adentrándose por la hondonada hasta llegar a la fuente de la cabrita. Allí se sentaban en la hierba húmeda y hablaban, hasta que el sol se escondía tras la montaña, de sus preocupaciones: “¿Sabes, Reme?, Fue muy necio aquel soldado que prefirió al ejército antes que casarse contigo...”; de sus deseos: “Seguro que tu hermano no enfermará y lo verás pronto”; de sentimientos que querían mantener templados pero que eran raudos como las torrenteras cuando caía un chaparrón.
Familia al completo en casa de Remedios
Habían pasado ya dos semanas. Enero se mantenía frío y el día de San Antonio, Remedios para celebrarlo, hizo una torta de postre, sacó el porroncito de vino dulce que guardaba en la despensa y el mantel bordado para las fiestas. Era como si quisiera una pequeña tregua, un instante de felicidad en sus vidas. Ya había oscurecido, cuando encendió el quinqué y se dispuso a poner la mesa. Aún no se habían sentado cuando llamaron a la puerta. ¿A esas horas? era muy extraño, Remedios no solía tener visitas. Ambas se asustaron pensando en la niña. Rita salió corriendo para abrir la puerta. Era Miguel. Miguel estaba allí en medio de la oscuridad, seco y demacrado, pero vivo. Rita lo abrazó llorando desconsoladamente durante un rato sin poder articular palabra. Cuando, por fin, recobraron un poco el aliento, Miguel murmuró: «Rita, mamá y la Inés ya descansan en paz».
Remedios les hizo pasar a la cocina, donde tenía la chimenea encendida. Añadió un tronco a los que ya ardían, se secó las manos en el delantal y se interesó preguntándole a  Miguel si había visto a la niña.
-Si, la señora Gloria la cuida muy bien, me ha dicho que es muy buena, engorda con facilidad y es muy vivaracha -dijo Miguel-. Estoy en deuda con ella y también con vos. No sé cómo podré agradeceros todo lo que habéis hecho por mi hija, por mi hermana y por mí -añadió con la voz quebrantada.
Rosario Rosales



Durante unos segundos, la mirada de Miguel se cruzó con la de Remedios y ella, que se había apresurado a servir los platos, se le cayó un poco de sopa sobre el mantel aturdida. Y Rita, con la misma intuición heredada de su madre, supo que aquella mirada había sido demasiado profunda para ser trivial y esbozó una pícara sonrisa.
-Tampoco sé cómo podré agradecértelo a ti, Nenina -dijo Miguel.
Y Rita, con gran capacidad para entender las cosas y un espíritu obstinado como su madre dijo:
-Pues yo sí lo sé, Miguel. Nos quedaremos a vivir en Horta. Este es un estupendo lugar para que crezca la pequeña. Nos quedaremos en esta casa si Remedios está de acuerdo. Hay mucho trabajo por hacer, ¿sabes? Podríamos construir un gallinero más grande y un nuevo lavadero, porque he pensado poner en marcha un nuevo sistema para sacar más rendimiento... Ah, y haz el favor de llamarme Rita, porque, desde hoy, Nenina es ahora tu hijita.
Miguel y Remedios asintieron conformados por falta de argumentos para rebatir; todo lo que decía Rita era de lo más sensato, y Miguel, se quedó quieto contemplando admirado, a la que ya no era una niña. Rita, se había convertido en una mujer.

FIN 

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Ha sido un reto divertido: más seis páginas word,
una historia del siglo IX y un mínimo de seis personajes. :)
Saludos.