lunes, 7 de noviembre de 2011

DESPEDIDA


Apoyada a los pies de la cama, contemplaba, con ojos hundidos, los últimos minutos de vida de su esposo moribundo.
Tumbado, con respiraciones afónicas de larga cadencia, él intentaba abrir los ojos sin poder conseguirlo.
Ella,  se levantó para cerrar aquellas cortinas viejas y llenas de zurcidos, pero limpias y planchadas, como no podía ser de otra manera en aquella casa. Antes de cerrarlas, se dio cuenta de la huella de un dedo marcado en el cristal, y se apresuró a limpiarla. ¡Qué tontería!, pensó.
El sol empezaba a esconderse, y poco a poco la habitación quedó en penumbra. Él, con los ojos entreabiertos, abrió y cerró la boca ligeramente, pidiendo silenciosamente un trago de agua. Con rapidez, ella le acercó el vaso a los labios. Miró a su esposo, y su semblante le recordó el gesto que, frío y distante, mostró cuando el medico le comunicó su grave dolencia. Como siempre, incluso ante la muerte. Su propia muerte.
Llegó el momento, y María, habiendo reunido ya la fuerza suficiente para confesarle a su marido, se puso las manos en el vientre, estéril y seco por designios de la naturaleza, y se acercó a la cama. Se sentó junto a él y bajó la cabeza, sumisamente, hacia su mejilla derecha. Apenas lo rozó, y cuando él estaba a punto de exhalar su último suspiro, pudo sentir como ella le decía: "Te detesto, monstruo. Marcha de una vez, y déjame vivir en paz”.

2 comentarios:

Narrador dijo...

Que susto me he dado al leer el titular del post... ¬¬

Mondina dijo...

Jajaja. Siempre he pensado que si algún día decido despedirme para siempre, lo haré con un "hasta luego". Un besico Narrador, encantada de verte por aquí.