Hacía solo
un instante que había dejado de ser una larva, que había desplegado sus alas translúcidas.
Hasta ese momento debía su existencia a un charco de agua estancada en un
neumático abandonado en un punto de la carretera AP-7. Inició un vuelo débil,
inseguro, sin rumbo... en una búsqueda instintiva hacia el primer alimento.
Anhelaba sangre de cualquier ser de sangre caliente. La brisa caliente
veraniega le debilitaba. Vio el mundo por primera vez... tan lleno de color, de olores, de sensaciones... también de amenazas. Cuando de repente pafffffff. Se
convirtió en una masa mitad materia y mitad sangre, transferida por su creadora, pegada al parabrisas de un 206. Toda huella de
lo que fue, desaparecerá en un instante cuando el humano accione su
limpiaparabrisas.
Una
vida corta, sin intensidad; sin pena ni gloria.
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Le comentaba a un amigo: “los mosquitos pegados en
el coche son un asco”
–y me contesto- “Pues en moto ni te cuento”. 0_0

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