sábado, 16 de abril de 2011

LA DEDICATORIA

 

Justiniano pasaba todos los ratos libres que tenía en las librerías. Allí se sentía a gusto por satisfacer su necesidad: leer atentamente los títulos de los libros expuestos y las reseñas correspondientes. Era como una manía que arrastraba desde hacía un tiempo. La época de lector empedernido quedaba atrás; ahora, se dedicaba a escribir por las noches. De día se alimentaba hojeando libros y acaparando ideas con sólo leer la inmensidad de títulos que tenía a su alcance. Tan sólo respiraba libros y despreciaba el contacto humano.
Un día, Martina, la vendedora de la librería que más frecuentaba Justiniano no pudo resistir su curiosidad y le dijo:
- ¡Perdone, señor! hace un tiempo que lo observo y veo que le gusta pasar largos ratos tomando nota de los títulos de los libros. ¿Quizás necesita alguna ayuda?
Justiniano, ni se había dado cuenta de que la joven trabajaba en aquella librería, ni tampoco era consciente del tiempo que empleaba tomando notas. Estaba tan ensimismado que parecía ajeno a toda realidad. De entrada se extrañó ante aquella pregunta tan directa, pero al cabo de unos segundos intentó reaccionar para salir del mal trance que estaba pasando. Justiniano llevaba mucho tiempo sin hablar con nadie por mantenerse encerrado en su mundo imaginario. De pequeño leía libros de ciencia-ficción y aún seguía cavilando sobre la misma temática. A pesar de la edad, que debería rozar los setenta, y su aspecto desangelado, se le veía despistado e inocente. Acostumbrado a no hablar apenas con nadie y expresándose nervioso, responder a Martina le supuso un cierto esfuerzo. Sabía que no había que dar ninguna explicación sobre sus actos pero se dispuso a contestar aquella chica tan amable.
- Mire, es que vengo a inspirarme para encontrar un título a la novela que acabo de escribir. Me ha costado unos años terminarla y ya he cambiado el título infinidad de veces. ¡Bueno! varias veces.
-Pues, no se preocupe. Tengo una idea: usted me deja su original para leerlo en casa y yo le sugiero algún título. ¿Qué le parece?
Justiniano no salía de su asombro al comprobar la amabilidad de Martina. No sabía qué contestar. Era una situación desconocida y un poco incómoda. Finalmente, ante aquellos ojos divinos que esperaban una respuesta reaccionó.
- Pienso que ya no hace falta que le deje mi original; de todas formas le agradezco su interés. Muchas gracias señorita Martina (Acababa de leer su nombre en la tarjeta que colgaba del pecho izquierdo) Esta situación dejó a la joven sorprendida. 
Pasó el tiempo, y  aquel hombre nunca más  pasó por la librería. Martina,  sin saber por qué, se mostraba cada día más preocupada. Pero de repente un día vio una partida de libros con la foto de aquel personaje tan misterioso. ¡Era él! Empezó a leer el libro por su título: "Ojos negros" Y sin poderlo evitar, se emocionó cuando leyó la dedicatoria: "A Martina, con todo mi agradecimiento. Justiniano"

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Amabilidad. Es difícil ser amable, más que inteligente. La inteligencia es un don y la amabilidad es una elección. Los dones son mucho más fáciles, al fin y al cabo, nos vienen dados. Las elecciones pueden ser mucho más difíciles. Uno mismo puede seducirse con sus dones si no va con cuidado, y si lo hace, probablemente será en detrimento de sus elecciones.

En el diccionario, la amabilidad la define como “calidad de amable”; y una persona amable: como la que “por su actitud afable, complaciente y afectuosa es digna de ser amada”.
La amabilidad es la manera más sencilla, delicada y tierna de hacer realidad un amor maduro y universal, libre de exclusivismos. Ese amor que dice: “te necesito porque te amo” y no “te amo porque te necesito”. Es entonces cuando la amabilidad se convierte en una constante, porque el comportarse de manera complaciente y afectuosa con los demás y sentir su felicidad es lo mismo que sentir la propia alegría compartida. La amabilidad es un claro exponente de madurez y de grandeza de espíritu.

Mi convicción, es que son pocos los rasgos de nuestro carácter que cambian con los años, en todo caso, son sólo las ideologías, los gustos y algún rasgo de la escala de valores que pueden sufrir variaciones con el tiempo.
La amabilidad es uno de esos valores que se ve de diferente manera según la etapa de la vida. A los veinte, treinta, e incluso cuarenta, la presencia de la amabilidad se suele tener "arrinconadilla"; uno se fija más en la apariencia externa de los otros, en sus habilidades, en su simpatía, inteligencia o talento para hacer una determinada actividad. Una vez has llegado a la madurez, que para mí está por encima de los cuarenta, sí hay un reconocimiento explícito de esta característica. Todos podemos ser «amables» en ocasiones y por diversos y hasta oscuros fines, pero no es a esta «amabilidad» de conveniencia a la que me refiero, sino a la amabilidad como «valor», como disponibilidad permanente, libremente asumida y ejercida

 La amabilidad aligera, calma miedos y dolores.
La amabilidad humaniza, aproxima y da confianza.
La amabilidad es un lenguaje que:
el ciego ve; el sordo oye;
el que sufre espera y necesita;
y los ignorantes entienden.

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