jueves, 11 de agosto de 2011

RETRATO DE UNA ÉPOCA (II)

Iglesia Santa María del Mar - Barcelona (1888)

Al despuntar la calor, Inés y Miguel se prometieron y, en verano de 1888, en la iglesia de Santa María del Mar y mientras intercambiaban las alianzas rebosantes de felicidad, Nenina rezaba a Santa Rita, la santa que otorga los favores más impensables, para que les enviara un buen escarmiento a todos ellos por hacerla sufrir tanto.
Los novios se instalaron en la habitación más grande de la casa. La madre les regaló la cama doble de caoba y la colcha de hilo. Toda la atención se centró en Inés. Para ella, Miguel leía en voz alta bellos poemas; para ella, el padre iba a comprar pan blando cada día; para ella, la madre preparaba cada mañana un brebaje hecho con un par de huevos batidos, un chorrito de vino generoso y una cucharadita de azúcar, para que se fortaleciera y diese a luz el nieto que tanto estaba deseando tener en brazos. Pero es que además, María se pasaba el día contando, paso a paso y con dedicación, cómo tenía que llevar un hogar, como contentar al marido, como subir una criatura. «No tengo madre, la perdí cuando era muy chica pero si la tuviera, no podría quererla más que a usted, María ». Inés, ¡siempre tan encantadora! Rita no salía de su asombro: ¿cómo se atrevía a arrebatarle todo lo que había sido suyo?  De vez en cuando se sentía sola, se escapaba y vagaba por el barrio. 
Invitados de la boda (verano de 1888)
Durante las noches, cuando no podía conciliar el sueño, rememoraba los días de su infancia cuando se reían con los chistes del padre, hasta cuando la madre la incitaba para que se comiera todo lo que había en el plato por miedo a que no creciera lo suficientemente fuerte. Cuando estaba delgadísima, se sentía capaz de detener el mundo con una mano. En cambio ahora, que dejaba los platos relamidos, sólo tenía ganas de llorar. Tenía claro, pues, que la fortaleza proviene del afecto, y el dolor, de una persistente indiferencia.
Inés, no tardó en quedar embarazada pero tampoco tardó en dar muestras de tener una salud frágil, que fue empeorando a medida que se acercaba el momento de dar a luz. A mediados de diciembre, don Antonio regresó a casa con fiebre y escalofríos. El médico, amigo de la familia, les dijo que todo hacía pensar que había contraído el dengue, una epidemia que se extendía por toda la ciudad. Les proporcionó una buena dosis de quinina para combatir la fiebre y recomendó que, por nada del mundo, el enfermo tuviera contacto con Inés porque el maldito dengue se contagiaba con facilidad y la chica estaba débil y embarazada. Todas las precauciones resultaron inútiles, Inés también enfermó.
Miguel Rosales e Inés Casona (1888)
Dos días antes de Navidad y sin dar crédito a lo que les pasaba, los Rosales enterraron a don Antonio. María, al volver del cementerio, se acostó agotada de tantas noches sin poder dormir, pero no solo era cansancio: María, también tenía fiebre por haberse contagiado de la gripe. Miguel no descansaba ni un momento, iba de una cama a la otra cuidando a las dos enfermas. No comía, no dormía. Aireó la casa y la limpió a fondo, como si la escoba o la bayeta pudieran convertirse en verdugos de aquel maldito virus. Fue en ese momento cuando Rita tomó conciencia de la tragedia, y  pensó que todo aquello estaba pasando por culpa de su ruego insensato.
Inés se puso de parto la noche de los Santos Inocentes. Fue un parto extenuante que acabó con las pocas fuerzas que le quedaban. La niña nació entrada la madrugada. Tenía un color de piel rosado y un llanto decidido. A Rita le pareció la criatura más hermosa del mundo, una auténtica muñeca. “¿Vivirá?”, preguntó a la comadrona. “Si una nodriza le da el pecho, sí. Conozco una  que vive  en Horta de toda confianza”. Miguel sin pensarlo le dijo a Rita: “Nenina, lleva la niña ahora mismo a la nodriza, te lo ruego”. Ella asintió con la cabeza. Recogió cuatro cosas en una bolsa y se acercó a darle un beso a su madre. María estaba dormida, con la respiración pesada, los labios llenos de costras y muy pálida, como si ya estuviera muerta. Se arrodilló, la  besó, y muy bajito, casi en un susurro le dijo: “Perdóname, madre”. Cuando salió del cuarto, la comadrona ya tenía el bebé preparado. Miguel le dio un fajo de billetes y se abrazaron llorando. “Anda, vete, cuando todo termine vendré a buscarte”, dijo el hermano. Ella cogió a la niña, envuelta en una mantita, y cuando ya se encontraba frente a la puerta se volvió y lo miró. “Ve, Nenina. Te prometo que no te dejaré sola“, le dijo Miguel. Ella necesitaba decirle cómo lo quería, pero no pudo articular palabra.

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