(Visualización completa)
Rita, con solo quince años y la pequeña en brazos, caminó a buen paso entre la oscuridad hasta la plaza de Cataluña. El cielo estaba encapotado y la humedad del ambiente se calaba hasta los huesos. A esa hora, puede que le fuera difícil encontrar algún arriero que hiciera el camino hasta Horta. Mientras, caminaba angustiada pensó que con un poco de suerte, el traqueteo de la tartana mantendría la criatura dormida, porque si se despertaba ¿Qué podía hacer ella con la niña?
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| Plaza Cataluña - Barcelona 1888 |
Rita no conocía nada de Horta, solo sabía que se encontraba al pie de la montaña y que tenía un agua de muy buena calidad. De lejos, vio una muchedumbre que se congregaba junto a los carruajes. Demasiado movimiento para ser sábado. La gente llevaba maletas como si se dispusieran a hacer un largo viaje. “¡Este gentío está huyendo de la ciudad, tiene miedo de la gripe!”, pensó. Y se inquietó viendo que le sería difícil encontrar el transporte que tanto necesitaba. Ya en la plaza, Rita no sabía que hacer ni a donde ir. De pronto, oyó una voz fuerte que la llamaba desde lo alto de un carro. Era una mujer joven, de facciones dulces, toda vestida de negro y con una especie de pañuelo que le cubría parte del pelo.
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| Transporte (1889) |
-¿Se puede saber a dónde vas, niña? -Le preguntó.
-A Horta -contestó con la voz fina.
-¡Vamos, sube! – dijo, y le tendió una mano fuerte como una roca para que se agarrara-. Me llamo Remedios, todo el mundo me llama Reme, y la carga que llevo, es ropa para lavar. Soy una lavandera de Horta. Y tú, ¿quién eres?
-¡Dios te bendiga! -Murmuró una vez arriba del pescante-. Soy Rita Rosales y necesito llevar a la niña a casa de la nodriza, la señora Salat -estuvo a punto de comentar que todo el mundo le llamaba Nenina, pero no lo hizo. Nenina ya no existía. Se había diluido aquella madrugada mientras su madre e Inés agonizaban y con la despedía de Miguel, quién sabe si para siempre-. ¿Tú, la conoces?
-Claro, chica, Horta es un pueblo pequeño y Gloria es bastante popular. Tranquila, verás como alimentará al bebé estupendamente. ¿Es tuyo?
-¡Dios te bendiga! -Murmuró una vez arriba del pescante-. Soy Rita Rosales y necesito llevar a la niña a casa de la nodriza, la señora Salat -estuvo a punto de comentar que todo el mundo le llamaba Nenina, pero no lo hizo. Nenina ya no existía. Se había diluido aquella madrugada mientras su madre e Inés agonizaban y con la despedía de Miguel, quién sabe si para siempre-. ¿Tú, la conoces?
-Claro, chica, Horta es un pueblo pequeño y Gloria es bastante popular. Tranquila, verás como alimentará al bebé estupendamente. ¿Es tuyo?
-Como si lo fuera -contestó con determinación-. Es una niña, la hija de mi hermano.
-Toma, no cojas frío -dijo Remedios acercándole una manta.
-Toma, no cojas frío -dijo Remedios acercándole una manta.
-Su madre, ni siquiera ha podido verla…
Remedios intuyó que detrás de aquel lamento había una tragedia y concluyó que no era el momento de hurgar en sus heridas. Optó por charlar y charlar durante todo el viaje, y con su palabrería animosa fue amansando la inquietud que la chiquilla llevaba muy adentro.
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| Calle del Sol, junto a la Plaza Mayor (1890) |
El sol ya despuntaba cuando el carro se detuvo en una calle, junto a la plaza Mayor de Horta. A Rita, a diferencia de la ciudad, el aire le pareció limpio, con un agradable olor a madera quemada. Entonces, Remedios saltó del carro y se acercó a una de las casitas, empujó la puerta y llamó a Gloria. La nodriza era una mujer robusta, de trato cordial, que enseguida cogió al bebé y las hizo pasar. Gloria aceptó ocuparse de la niña. De momento, el dinero que tenía sería suficiente, pero nadie sabía cuánto tiempo podía durar aquella situación. Por ello, Remedios ofreció a Rita compartir la casa y la mesa, además de un pequeño jornal, a cambio de que la ayudara en el negocio. La única condición que le propuso fue tener buena voluntad y que por favor la tuteara. Era una propuesta que no podía rechazar. Así pues, acarició a la pequeña que dormía plácidamente y volvió a subir al carro. Apresurada Gloria le preguntó: «¿y la niña, como se llama?". Rita dudó unos instantes, pensó en Inés y en el nombre que le hubiera gustado, y dijo: “Rosario, como su abuela”.
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| Gloria Salat, nodriza de Rosario Rosales |
Remedios vivía en la llanura de La Calma, en una casa de dos plantas. Su puerta principal daba a un callejón empedrado que separaba el huerto de la casa. A pocos metros de la entrada, se encontraba la cuadra para el caballo y el almacén para la ropa. Al otro lado del patio, el pozo con la polea para extraer el agua y dos lavaderos vacíos. Más allá, unas cuantas hileras de alambre donde decenas de sábanas se columpiaban perezosas, un gallinero y el huerto con ringleras de lechugas, espinacas, cebollas... un limonero y una higuera de tronco sinuoso. Remedios abrió la puerta de madera y la hizo entrar. A Rita todo ese entorno le pareció un mundo mágico: las paredes tan blancas, los techos tan altos y con vigas de madera, la cocina con la chimenea, las habitaciones con balcones amplios y cortinajes hechos de encaje de bolillos... Sobre una cómoda, había la fotografía de un niño pequeño con el pelo rizado. No pudo evitar cogerla y mirarla.
-Si. Se llamaba Guillermo hace dos años que murió -comentó Remedios-. Se subió al lavadero y cayó. Fue culpa mía. No me di cuenta y, cuando lo hice, ya se había ahogado. Pienso en él cada día, cada día.
-¿Sabes?, yo deseé y pedí a Dios que mi familia sufriera, pero ya no lo quiero. No quiero que se muera Inés, ni mi madre, ni Miguel, ni la niña. Antes quiero morirme yo Remedios. –decía con voz temblorosa.
-¡Pero Rita!, lo que tu deseas no pasa como tu crees. Si pudiéramos elegir el momento de la muerte, yo ya no estaría aquí. Hemos de seguir viviendo Rita, aunque sea como un tributo a los que amamos.
Mientras Rita la escuchaba, las lágrimas rodaron por la mejilla: primero, de manera tímida, pero luego como un torrente desatado abrazada a Remedios con desesperación, hasta que al final, agotada, se durmió de tanto llorar.





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