(Visualización completa)
Aquel día Rita durmió más de diez horas seguidas. Cuando se levantó, encontró la leche con galletas sobre la mesa, desayunó y salió al patio dispuesta a aprender el oficio para así poder pagar, de alguna manera, la generosidad que le ofrecía Remedios. Vio a la lavandera empujar con fuerza la cuerda para subir el cubo, una y otra vez, para después vaciarlo en uno de los lavaderos. El primero, se llenaba para ablandar la suciedad de la ropa y el segundo para poder aclararla. Remedios invitó a Rita para que la ayudara un rato. Antes de mediodía, los lavaderos estaban llenos, el jabón ya se había deshecho y las sábanas, manteles y toallas ya estaban reblandeciéndose. Y donde Remedios veía manchas de aceite, las rozaba con brío, como si la mancha fuera un enemigo a vencer, como si derrotándola, pudiera librarse de aquel peso que le oprimía el corazón.
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| Rita de lavandera |
El primer día, Rita aprendió a manejar la pala; al día siguiente, a blanquear la colada. Remedios le explicaba como había que poner la ropa los cubos, cubrirla con ceniza envuelta en trapos y luego verter agua muy caliente. “¿Y así se blanquea la ropa?”, preguntaba sorprendida Rita. “Después hay que aclararla”, seguía explicándole Remedios. Con lo cual había que hacer el mismo trabajo pero a la inversa. De los cubos, la ropa iba a parar al otro lavadero, donde el agua clara arrastraba el jabón y los restos de la ceniza. Acabada de aclarar había que escurrirla y tenderla. Pero antes de entregarla había que secarla, recogerla, repasar y zurcir desgarros, almidonarla, plancharla y doblarla. Remedios había heredado de us madre una clientela fiel que apenas le daba tiempo para descansar. “¿De verdad tienes que trabajar tanto?", le preguntaba Rita. “Estar atareada me ayuda a no pensar”, le contestaba Remedios.
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| Paseando por la calle Nueva |
Con el tiempo, Rita también aprendió a cuidar las gallinas, a recoger los huevos y llevarlos a vender, a cepillar el caballo, a recoger el estiércol para abonar el huerto… Y cada día, siempre antes de que oscureciera, ella y Remedios iban a casa de la nodriza, donde contemplaban con satisfacción como la pequeña Rosario mamaba de un tirón, eructaba sonoramente y se dormía de nuevo. Gloria le decía: “Venga, tómala un rato”. Y ella se embelesaba observando como, de vez en cuando, abría los ojos, azules como los de Inés, mientras le acariciaba el huequito de la barbilla, el mismo que tenía Miguel. Y orgullosa decía mirándosela: “¿Verdad que es una muñequita?".
Después, volvían a casa paseando. En Horta, desde la plaza Mayor, que estaba al fondo del valle, hasta la montaña, había varias masías rodeadas de campos, de viñedos y almendros. Según contaba Remedios, las casas tenían siglos de existencia. La gente subsistía de la tierra y necesitaba poco para vivir. Como ella. Y de camino, la llevaba a ver el reloj de sol de la Casa Dorada, o el paseo de moreras que bordeaba el río, o la curtiduría de Casa Milanés. Si tenían ganas de andar, subían hacia la montaña por la calle Nueva, donde algunas familias barcelonesas se estaban construyendo casitas de veraneo, y llegaban hasta la cruz de la iglesia de San Juan que marcaba el límite del municipio. Desde ahí contemplaban la torre fortificada de la Casa Verdaguer y la extensa huerta que rodeaba la gran masía. Otros días, se animaban en llevarse la merienda y tomaban el camino de San Agustín adentrándose por la hondonada hasta llegar a la fuente de la cabrita. Allí se sentaban en la hierba húmeda y hablaban, hasta que el sol se escondía tras la montaña, de sus preocupaciones: “¿Sabes, Reme?, Fue muy necio aquel soldado que prefirió al ejército antes que casarse contigo...”; de sus deseos: “Seguro que tu hermano no enfermará y lo verás pronto”; de sentimientos que querían mantener templados pero que eran raudos como las torrenteras cuando caía un chaparrón.
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| Familia al completo en casa de Remedios |
Habían pasado ya dos semanas. Enero se mantenía frío y el día de San Antonio, Remedios para celebrarlo, hizo una torta de postre, sacó el porroncito de vino dulce que guardaba en la despensa y el mantel bordado para las fiestas. Era como si quisiera una pequeña tregua, un instante de felicidad en sus vidas. Ya había oscurecido, cuando encendió el quinqué y se dispuso a poner la mesa. Aún no se habían sentado cuando llamaron a la puerta. ¿A esas horas? era muy extraño, Remedios no solía tener visitas. Ambas se asustaron pensando en la niña. Rita salió corriendo para abrir la puerta. Era Miguel. Miguel estaba allí en medio de la oscuridad, seco y demacrado, pero vivo. Rita lo abrazó llorando desconsoladamente durante un rato sin poder articular palabra. Cuando, por fin, recobraron un poco el aliento, Miguel murmuró: «Rita, mamá y la Inés ya descansan en paz».
Remedios les hizo pasar a la cocina, donde tenía la chimenea encendida. Añadió un tronco a los que ya ardían, se secó las manos en el delantal y se interesó preguntándole a Miguel si había visto a la niña.
-Si, la señora Gloria la cuida muy bien, me ha dicho que es muy buena, engorda con facilidad y es muy vivaracha -dijo Miguel-. Estoy en deuda con ella y también con vos. No sé cómo podré agradeceros todo lo que habéis hecho por mi hija, por mi hermana y por mí -añadió con la voz quebrantada.
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| Rosario Rosales |
Durante unos segundos, la mirada de Miguel se cruzó con la de Remedios y ella, que se había apresurado a servir los platos, se le cayó un poco de sopa sobre el mantel aturdida. Y Rita, con la misma intuición heredada de su madre, supo que aquella mirada había sido demasiado profunda para ser trivial y esbozó una pícara sonrisa.
-Tampoco sé cómo podré agradecértelo a ti, Nenina -dijo Miguel.
-Tampoco sé cómo podré agradecértelo a ti, Nenina -dijo Miguel.
Y Rita, con gran capacidad para entender las cosas y un espíritu obstinado como su madre dijo:
-Pues yo sí lo sé, Miguel. Nos quedaremos a vivir en Horta. Este es un estupendo lugar para que crezca la pequeña. Nos quedaremos en esta casa si Remedios está de acuerdo. Hay mucho trabajo por hacer, ¿sabes? Podríamos construir un gallinero más grande y un nuevo lavadero, porque he pensado poner en marcha un nuevo sistema para sacar más rendimiento... Ah, y haz el favor de llamarme Rita, porque, desde hoy, Nenina es ahora tu hijita.
Miguel y Remedios asintieron conformados por falta de argumentos para rebatir; todo lo que decía Rita era de lo más sensato, y Miguel, se quedó quieto contemplando admirado, a la que ya no era una niña. Rita, se había convertido en una mujer.
FIN
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Ha sido un reto divertido: más seis páginas word,
una historia del siglo IX y un mínimo de seis personajes. :)
Saludos.




1 comentario:
Pues bastante conseguida la historia. Me ha gustado la descripción de los sitios de la ciudad. Buena narración y la historia bien resuelta... con desgracias y alegrías, como la vida misma. Sigue escribiendo!
Un abrazo!
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