De repente, en un día laborable cualquiera, nos dimos cuenta que se nos había metido un fantasma en casa. El hecho, insólito sin duda, no nos preocupó demasiado, somos gente de buen conformar. Las niñas lo festejaron durante unos días, pero cuando entendieron que no podían jugar con él y que los intentos de tocarlo y cogerlo fracasaban por culpa de su vaporosa consistencia lo dejaron de lado. Bueno, la más pequeña no, ella quería saber a toda costa si era niño o niña y qué edad tenía. Por mucho que intentáramos explicarle que observándolo era difícil averiguarlo y que los conceptos de género o edad tal vez no eran aplicables a la categoría de los fantasmas, ella continuó preguntando curiosamente interesada. La preocupación de mi mujer era saber de dónde había salido: se inclinaba pensar que de casa de los vecinos de arriba, ya que tenían la manía de dejar caer todo tipo de objetos. ¡Seguro! No podía demostrarlo, pero el fantasma era de los vecinos de arriba. Habría que devolvérselo. ¿Pero cómo? Hablar con ellos era delicado, si no eran ellos los culpables acabaríamos enfadados.
Convencer al fantasma que volviera a su antiguo hogar resultó imposible. Con paciencia le dimos todo tipo de razonamientos. Le hablábamos con educación, despacio y vocalizando, por si acaso la tenue condición de espíritu le dificultaba el entendimiento de las cosas, pero él no prestaba atención. Y no es que no nos escuchara: nos miraba, parecía que insinuaba una sonrisa triste y luego no hacía nada. Nunca lo escuchamos hablar ni hacer ningún ruido, excepto cuando se fue.
Como nos fue imposible deshacernos, al final decidimos convivir con él. Entre nosotros, en una estrategia conjunta, acordamos ignorarlo: no le hablábamos ni mirábamos, y cuando pasaba por delante hacíamos como si no lo viéramos. Incluso pasábamos a través suyo, y aunque al principio nos parecía una descortesía, después resultó de lo más natural. También descubrimos que desaparecía si encendíamos todas las luces a la vez, ya que sólo se percibía a media luz como una sutil presencia humeante, como un azulado resplandor fosforescente en la oscuridad.
Quizás hubiéramos podido seguir viviendo así, con un fantasma residente entre nosotros, si no fuera que su presencia comenzó a alterar nuestra vida cotidiana. Primero fue un día que entró al baño -mejor dicho, apareció- mientras estaba sentado en la taza del váter. Se quedó plantado ante mí, observándome, como si este asunto tan cotidiano fuera algo insólito en el mundo o en la dimensión de donde él venía. Desde aquel día, me viene el estreñimiento que todavía sufro. Mi mujer dejó de hacer mayonesa porque aseguraba que si el espíritu estaba cerca la salsa no había manera que ligara. Su presencia también empezó a afectar a las niñas: la pequeña se quejaba de que no podía ver los dibujos de la tele porque el fantasma pasaba una y otra vez por delante y cada vez la pantalla se nublaba, se crepitaba, se nevaba… todo un repertorio de inconveniencias que estos aparatos muestran cuando no funcionan. Un estudioso del fenómeno fantasmagórico seguramente habría concluido la naturaleza electromagnética de nuestro huésped, pero a nosotros poco nos importaba. La mayor, aunque solo tuviera once años, le parecía intolerable y chillaba cada vez que, mientras se duchaba, el fantasma se le aparecía a su lado.
Pero lo peor de todo pasaba en nuestro dormitorio. Cuando queríamos tener relaciones íntimas se plantaba, como un pasmarote, a los pies de la cama, aparentemente indiferente, pero sin perderse ni un solo detalle. Puede que haya gente que le guste ser observado pero nosotros somos gente pudorosa.. Probamos hacerlo con todas las luces encendidas pero resultaba incómodo e incluso ridículo: hay cosas, como los cuerpos poco atléticos y sobrealimentados, que ganan mucho con una discreta media luz. Probamos con los ojos cerrados pero parecía como si la presencia espectral trascendiera la mera visión física. Vaya! Que no nos podíamos olvidar que estaba allí, presencialmente pasmado.
Finalmente, un sábado al mediodía que no teníamos ninguna obligación inmediata, nos reunimos en consejo familiar. El ectoplasma también estaba, silencioso, en un rincón. Decidimos que había que tomar medidas urgentes y drásticas. Aquella misma tarde, me dirigí a la librería de más renombre en hechos paranormales, para comprar todos los libros que tuvieran sobre el fenómeno fantasmagórico. Después de leérmelos todos -él estaba detrás de mí mirando por encima del hombro, una costumbre que no soporto- llegué a la conclusión de que la mayoría de autores tocaban de oído y de que nunca habían visto un fantasma en su vida. Pero buscando soluciones, en uno de los libros (Todo lo que quería saber sobre los fantasmas y no se atrevía a preguntar. Autor: LilioLianju. Editorial: La rana alternativa) había un conjuro para deshacerse de los fantasmas.
Como nos fue imposible deshacernos, al final decidimos convivir con él. Entre nosotros, en una estrategia conjunta, acordamos ignorarlo: no le hablábamos ni mirábamos, y cuando pasaba por delante hacíamos como si no lo viéramos. Incluso pasábamos a través suyo, y aunque al principio nos parecía una descortesía, después resultó de lo más natural. También descubrimos que desaparecía si encendíamos todas las luces a la vez, ya que sólo se percibía a media luz como una sutil presencia humeante, como un azulado resplandor fosforescente en la oscuridad.
Quizás hubiéramos podido seguir viviendo así, con un fantasma residente entre nosotros, si no fuera que su presencia comenzó a alterar nuestra vida cotidiana. Primero fue un día que entró al baño -mejor dicho, apareció- mientras estaba sentado en la taza del váter. Se quedó plantado ante mí, observándome, como si este asunto tan cotidiano fuera algo insólito en el mundo o en la dimensión de donde él venía. Desde aquel día, me viene el estreñimiento que todavía sufro. Mi mujer dejó de hacer mayonesa porque aseguraba que si el espíritu estaba cerca la salsa no había manera que ligara. Su presencia también empezó a afectar a las niñas: la pequeña se quejaba de que no podía ver los dibujos de la tele porque el fantasma pasaba una y otra vez por delante y cada vez la pantalla se nublaba, se crepitaba, se nevaba… todo un repertorio de inconveniencias que estos aparatos muestran cuando no funcionan. Un estudioso del fenómeno fantasmagórico seguramente habría concluido la naturaleza electromagnética de nuestro huésped, pero a nosotros poco nos importaba. La mayor, aunque solo tuviera once años, le parecía intolerable y chillaba cada vez que, mientras se duchaba, el fantasma se le aparecía a su lado.
Pero lo peor de todo pasaba en nuestro dormitorio. Cuando queríamos tener relaciones íntimas se plantaba, como un pasmarote, a los pies de la cama, aparentemente indiferente, pero sin perderse ni un solo detalle. Puede que haya gente que le guste ser observado pero nosotros somos gente pudorosa.. Probamos hacerlo con todas las luces encendidas pero resultaba incómodo e incluso ridículo: hay cosas, como los cuerpos poco atléticos y sobrealimentados, que ganan mucho con una discreta media luz. Probamos con los ojos cerrados pero parecía como si la presencia espectral trascendiera la mera visión física. Vaya! Que no nos podíamos olvidar que estaba allí, presencialmente pasmado.
Finalmente, un sábado al mediodía que no teníamos ninguna obligación inmediata, nos reunimos en consejo familiar. El ectoplasma también estaba, silencioso, en un rincón. Decidimos que había que tomar medidas urgentes y drásticas. Aquella misma tarde, me dirigí a la librería de más renombre en hechos paranormales, para comprar todos los libros que tuvieran sobre el fenómeno fantasmagórico. Después de leérmelos todos -él estaba detrás de mí mirando por encima del hombro, una costumbre que no soporto- llegué a la conclusión de que la mayoría de autores tocaban de oído y de que nunca habían visto un fantasma en su vida. Pero buscando soluciones, en uno de los libros (Todo lo que quería saber sobre los fantasmas y no se atrevía a preguntar. Autor: LilioLianju. Editorial: La rana alternativa) había un conjuro para deshacerse de los fantasmas.
La primera noche de luna llena preparamos todo lo que estaba prescrito -velas, incienso… no quiero aburriros con los detalles- y a las doce en punto empezamos el ritual; los cuatro nos cogimos de la mano haciendo un círculo rodeando a nuestro amigo. Él tuvo la decencia de estar quieto durante todo ese rato, no sé cómo lo habríamos hecho si hubiera empezado a vagar como tenía por costumbre. Cantamos, susurramos, salmodiamos y gritamos con fuertes voces los ridículos conjuros del libro. Él nos contemplaba aparentemente indiferente. Y al cabo de bastante rato, cuando ya estábamos todos cansados de tanta comedia, empezó a atenuarse y a desdibujarse cada vez más. De repente, con un ínfimo alarido, más adivinado que oído, ya no estaba; había desaparecido.
Sin él, pudimos encontrar de nuevo nuestra tranquila vida habitual. Pero, sin embargo, a veces hablamos de nuestro fantasma, imaginamos donde puede haber ido a parar: si está solo o con otra familia; también especulamos de si el conjuro fue doloroso para él y del significado de aquel ínfimo alarido que soltó al desaparecer.
Sin él, pudimos encontrar de nuevo nuestra tranquila vida habitual. Pero, sin embargo, a veces hablamos de nuestro fantasma, imaginamos donde puede haber ido a parar: si está solo o con otra familia; también especulamos de si el conjuro fue doloroso para él y del significado de aquel ínfimo alarido que soltó al desaparecer.
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Si he conseguido de ti una sonrisa, se ha cumplido mi objetivo.
Saludos.
1 comentario:
Divertida historia... normalmente los fantasmas suelen dar miedo ¿no? en esa familia hay mucho valiente jaja
Un saludo!
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