viernes, 25 de marzo de 2011

EL MAPA DE LA VIDA

 
 
Ella se plantó ante aquel espejo sin escrúpulos para contemplar el reflejo que le devolvía la recién llegada edad. Se acercó más y estudió detenidamente las facciones un tanto decaídas por el paso de los años. Cada arruga de la cara representaba una vivencia que confería el mapa de su vida.
Analizó los surcos de la frente labrados a base de contundencia expresiva. El valle del entrecejo se formó a base de desvelos universitarios, llantos de bebé a horas intempestivas y algún disgusto conyugal.
Los afluentes que desembocaban en los ojos reviven gracias a las risas con que amigos y familia los habían desbordado. Aunque algunas lagrimitas huidizas los habían utilizado de acequia ocasional.
Varios senderos alrededor de las comisuras de los labios pululaban nutridos por sonrisas de todo tipo. Sobre todo por los chistes de su ex. Algunos de ellos reídos de manera sincera y otros sólo para complacerle el ego. Eran también las arrugas más traviesas, las que con más fuerza chillaban al calor de las charlas de café y el jadeo de las noches orgásmicas...
El cirujano interrumpió el autoanálisis facial que, embobada, estaba llevando a cabo en la sala de espera. Era su turno. Ella se volvió y contempló el rostro estirado del médico, descubriendo asombrada un parecido convertido en un libro en blanco. Una llanura yerma donde ni la mala yerba se atrevería crecer. Un rostro más parecido a un muñeco fallero que clamaba incineración que al de una persona con una vida sobre los hombros. De repente, ella, se disculpó amablemente del médico y salió a la calle dispuesta a ganarse orgullosamente otra arruga más para su madurez.

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La  juventud es como la primavera:
una estación sobrevalorada,
en la que abundan mas los vientos cortantes
que las brisas templadas.

El otoño es la estación de la madurez;
lo que perdemos en flores,
lo ganamos con creces en frutos.


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