sábado, 26 de marzo de 2011

EL PASEO

 

Al levantarme esta mañana he abierto la ventana y he sonreído sin querer. He notado inquietarse mis sentidos, y la necesidad de elevar hasta la cima de la montaña mis emociones como si quisiera agarrarme a la esperanza. Pero al salir de casa, no elegí el camino que me elevaba hasta su cumbre, sino todo lo contrario.
Me encaminé por una vereda de mirtos, honda y silenciosa. Parecía el camino ideal que, entre los frescos aromas desprendidos por el roce de mis pies con las humildes yerbas escondidas como virtudes, convidaba a la meditación y al olvido. Solo llegaba hasta mí, sofocado y continuo, el rumor de la fuente sepultada entre el verde perenne de los bojes como si una vibración misteriosa surgiera de aquel entorno natural solitario.

Seguí andando bajo los árboles que dejaban caer de su cima un velo de sombra hasta llegar al río; allí me senté. -Cuando me siento cansada o siento los párpados una aridez febril o noto los pensamientos enroscados y dormidos dentro de mí como reptiles, suelo sentarme junto a él. Me hipnotizo sin quererlo y dejo que mis pensamientos despierten y corran sueltos, silenciosos, indecisos; ¡Locuras gentiles y fugaces que me han hecho, sin duda, suspirar y sonreír hasta ahora!-
De regreso seguí un sendero orillado por frondosas encinas; el aire era fragante y el más leve soplo bastaba para levantar del suelo las hojas marchitas; me senté sobre la yerba para observar de lejos mi casa pero me encandilé viendo como lentamente, ligeras nubes blancas erraban en torno al sol como si estas lo siguieran en su curso fantástico y vagabundo. Empujadas por un soplo invisible lo fueron cubriendo poco a poco, hasta que mi entorno quedó sumido en sombras; solo la cima de los árboles quedó iluminada.

Un hombre extraño pasó y solamente me ofreció un trozo fino de su voz -Buenos días-; me hubiera gustado que… pero ya estaba lejos. Siempre llegamos tarde; con la vida al rojo vivo, van pasando, van callando y quizás van viviendo o muriendo, los extraños, los que son partes pequeñas de aquello lindante o punzante: la gente.

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Este paseo se lo regalé a mi amigo Pablo;
un paseo puramente contemplativo,
un estado espiritual que aparece cuando se practica una especie de silencio mental.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Un concepto que da que pensar ese del silencio mental. No estaría mal encontrar un sendero y un río como el del relato para perderse en él.
Me ha gustado, sobre todo el último párrafo... siempre reaccionamos y/o llegamos tarde. Un abrazo.

Anónimo dijo...

Busco recuerdos entre esas piedras de la casa encantada. Esplendores remotos en una tarde fría y lluviosa de invierno. Corazón de piedra enmarañado de reflejos verdes de la naturaleza hostil ...