Cuando el médico me comunicó, con pose compungida, que me quedaban tres meses de vida, pensé que algún incompetente había traspapelado los expedientes. Pocas cosas me molestan más que la ineptitud profesional, pero no quise discutir el dictamen del doctor, porque el corporativismo en estos casos se impone, y él nunca habría reconocido el error de un colega, aunque se tratara de la negligencia de un simple auxiliar. Así que, por no contradecirle, adopté la preceptiva actitud de preocupado, dirigiendo una mirada cómplice y comprensiva.
Pero desde aquel día encadené una sucesión de equívocos que corroboraban la mediocridad y la poca solvencia de muchos profesionales de la sanidad: análisis torpes que insistían con tozudez mi inminente “traspaso”, radiografías presuntamente alarmantes interpretadas sin rigor, y una medicación errónea que me provocaba unas punzadas molestas en un lado y que en pocos días impidieron levantarme de la cama. Me atendía una enfermera miserable que confundía pastillas y jarabes, y que me inyectaba sustancias que en lugar de aliviar el dolor, lo estimulaban y lo hacían más agudo. También mis familiares se comportaban manifestando incompetencia, sollozando y lamentándose todo el día, ignorando la evidencia del error.
Pero era difícil luchar solo contra tanta adversidad: al final me vi abocado en una muerte que no era la mía. Después sólo faltó que llevaran un féretro erróneo -lo habían encargado de madera de cedro y no de abedul-, que durante el discurso fúnebre, inadecuadamente lóbrego, el sacerdote confundiera los evangelios -atribuyendo a San Juan una célebre sentencia de San Mateo- y que los ineptos de la funeraria se equivocaran de nicho. Ahora sólo espero que por algún malentendido no acabe en el infierno, yo que he sido una persona eficaz y competente toda la vida.
Pero desde aquel día encadené una sucesión de equívocos que corroboraban la mediocridad y la poca solvencia de muchos profesionales de la sanidad: análisis torpes que insistían con tozudez mi inminente “traspaso”, radiografías presuntamente alarmantes interpretadas sin rigor, y una medicación errónea que me provocaba unas punzadas molestas en un lado y que en pocos días impidieron levantarme de la cama. Me atendía una enfermera miserable que confundía pastillas y jarabes, y que me inyectaba sustancias que en lugar de aliviar el dolor, lo estimulaban y lo hacían más agudo. También mis familiares se comportaban manifestando incompetencia, sollozando y lamentándose todo el día, ignorando la evidencia del error.
Pero era difícil luchar solo contra tanta adversidad: al final me vi abocado en una muerte que no era la mía. Después sólo faltó que llevaran un féretro erróneo -lo habían encargado de madera de cedro y no de abedul-, que durante el discurso fúnebre, inadecuadamente lóbrego, el sacerdote confundiera los evangelios -atribuyendo a San Juan una célebre sentencia de San Mateo- y que los ineptos de la funeraria se equivocaran de nicho. Ahora sólo espero que por algún malentendido no acabe en el infierno, yo que he sido una persona eficaz y competente toda la vida.
--------------------------
Jejejeje... Saludos.

1 comentario:
Jajaja, k bueno!, hay k ver, todos eran incompetentes y se ekivocaban más k una escopeta de feria k ella... muxa casualidad no?, jajaja.
Saludos y k pases un lindo fin de semana, xao!!!
Publicar un comentario