
No es lluvia líquida lo que cae del cielo
en la mañana más inocente y límpida,
ni es la brisa sobre el rostro dormido
de un peatón ensimismado y solitario,
o sobre una familia cualquiera,
en cualquier lugar, lejano o próximo,
a la hora de la sentencia exacta,
cuando pasa un grupo de niños o jóvenes,
cuando la vida fluye en la calle.
No es lluvia líquida lo que cae del cielo
dejando una estela quemada y negra
bajo el sol más claro y el día sin sombras.
Sobrevuela el miedo de los imperios,
un fuego a traición, un humo denso,
en la mañana más inocente y límpida,
ni es la brisa sobre el rostro dormido
de un peatón ensimismado y solitario,
o sobre una familia cualquiera,
en cualquier lugar, lejano o próximo,
a la hora de la sentencia exacta,
cuando pasa un grupo de niños o jóvenes,
cuando la vida fluye en la calle.
No es lluvia líquida lo que cae del cielo
dejando una estela quemada y negra
bajo el sol más claro y el día sin sombras.
Sobrevuela el miedo de los imperios,
un fuego a traición, un humo denso,
más bombas, más llantos,
una polvorienta y grisácea quietud
y un sepulcral silencio.
Queda un zapato sobre el asfalto, polvo.
Y tú y yo, hemos muerto tantas veces...

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